4. Bosteza bajo la sombra de un árbol, el tigre, justo después de haber dado por concluida la jornada de rastreo por el territorio. Desde que apareció el hombre, el animal recuperó las ganas de vivir, y en el cambio de estado descubrió que todavía le agrada el sabor de esas hojas rojizas tan distintivas que halló una mañana. No es carne, está claro, como también es evidente que a base de plantas su cuerpo irá inevitablemente descendiendo en la escala de fuerzas, como hasta ahora; sin embargo, para el felino ingerir hojas vuelve a colarse en la rutina diaria.

Nunca volvió a cruzarse con el humano. Tanta falta le hace volver a verlo, o que el sujeto se paralice del susto de nuevo: todavía no termina de discernir entre ambas opciones. El cambio en su humor se concreta, cada tarde disfruta más de la calidez solar, noche a noche incursiona en la laguna para deleitarse con sonidos ínfimos que provienen del fondo del agua.

Que estas palabras no ofrezcan lugar para malos entendidos: el animal -que de aquí en más será llamado Zeta- no cesa en su tristeza. Inconsolable penumbra de soledad humedece su viejo interior, aunque la aparición de Ramírez abrió una hendija por la cual ingresó la luz. Ahora Zeta raspa con sus débiles garras ese pequeño hueco que rajó su impenetrable espíritu con la añoranza de ver a cielo abierto otra vez.

A diferencia del intruso, Zeta busca inconscientemente en sí mismo las armas para vencer el absurdo, para transformar el ambiente que contempla impertérrito en el deber ser de un tigre. Otra cosa no sabe pensar, otra cosa que no sea la forma de reacomodar el mundo. ¿Dónde están los animales que cazar?, ¿dónde los amigos con los cuáles compartir?, ¿cómo fue que desaparecieron? Es un animal el que cuestiona lo establecido.

3. Es evidente, Ramírez no quiere darle cauce. No quiere pensar que lo que vio realmente es lo que le parece que es. Estás asustado Ignacio, no seas pelotudo, mirá si un tigre te va a estar siguiendo. ¡Mirá si va a ser un tigre!, busca convencerse al tiempo que moja sus manos en un pequeño estanque de agua, en algún recodo del lugar al que fue a desembocar llevado por sus meditaciones. Las piernas también le demandan la pureza del líquido, sentidas por severos cortes confeccionados por ramas y fragosidades del terreno durante el escape. Ramírez puede estar vacío por dentro, pero igual emana sangre.

Es un día de esos en los que el sol ilumina desde un escondite, como refugiado, y permite esa maravilla que es la iluminación de la tierra a la vez que el gris concreto del cielo. El hombre está asustado, inhibido. Todo iba bien, se dice, sólo en el medio de la nada, amo y señor de la selva, hasta que apareció la bestia. ¿Es el día, que invita al melodrama? No quiere admitir que hace un tiempo largo actúa como un idiota, pasando las páginas con las yemas mojadas con saliva y cara de asco. Ya se lo decía la ucraniana, la del Once, esa vieja que lo junaba y le transmitía las palabras como un viento a través del hueco delantero de su dentadura. No dejés todo a un lado Nacho, que no sabés cuando la mano que pasa las páginas va a dejar de ser la tuya. Eso le aconsejaba esa anciana embrutecida por el oficio, los clientes y la emigración por escape. Rubia y sabia.

¿Por qué se murió Ramírez en ese cocoliche de calles estrechas, colectivos coloridos, viejas putas, amores suicidados, monopolios de la mentira y los amigos de los jueves? “Para renacer en la jungla”, se burla de sí mismo.

Anda caliente de un lado al otro, erizado por la vigilia. Ya no más siestas a horas antojadizas, ahora el tiempo comienza a segmentarse por actividades. A los momentos los divide arbitrariamente, aunque con el transcurso de la vida en el lugar Ramírez se vuelve un relojito. Tiempos para buscar comida, instantes para descansar y comer, misma cantidad de horas pérdidas en buscar elementos para encender un fuego cada noche, poco lugar al sueño. Así como así, la amenaza latente del animal fantasmagórico genera en Ramírez una vitalidad archivada, muy adormecida tras capas y capas de infortunios.

Los ojos de Ramírez necesitan descanso, están irritados y venosos. Ojos de lunático, de hombre que espera, a sol y sombra, toparse con la causa de su terror.

2. Un tigre bellísimo, imponente; pero triste. No existen otros animales terrestres -andan por ahí ciertos pájaros-, él habita el bosque en soledad. Se alimenta poco y mal, come frutas y hasta insectos, porque no hay jabalíes ni ciervos, ni siquiera tapires, sus platos preferidos. Los tigres son maestros de la caza, capaces de pasar a mejor vida a grandes bichos de un solo zarpazo y de asesinar con sus poderosos dientes, apretando la mandíbula en el cuello de sus víctimas, luego de paralizarlas con su atronador rugido y de voltearlas en la hierba. No éste por consiguiente, ya que la ausencia de herbívoros que atrapar ha provocado la merma de su instinto predatorio. Todo lo ha olvidado el estropeado tigre solitario.

El lugar es un lamento, puro verde que el espectacular ejemplar de 2.6 metros de largo por más de un metro de alto padece sin compañía. En el bosque desolado, sus 200 kilos alguna vez fueron 250, por eso le cuesta mucho andar entre los pastizales y tiene que echarse cada dos por tres. Excelente nadador, se ha quedado sin peces que comer y ya ni siente deseos de darse un chapuzón cuando el calor acecha.

Es hermoso, pero en su torso, de un pelaje leonado y lleno de hipnóticas rayas negras, se vislumbra flaqueza; también sus ojos ahora apagados fueron alguna vez penetrantes, paralizantes. Es que en los días despejados y las noches densas, el tigre no tiene a quién mirar desafiante, aunque la membrana especular ubicada en su retina enfoca bien en la oscuridad. Sus patas huesudas se terminan en unas debilitadas garras de uñas quebradizas que a veces intenta fortalecer en la corteza de algún árbol. Pero ya ni conserva voluntad de hacerlo. Total, ¿Para qué? Piensa el felino, angustiado, que ha dejado de rugir.

Una tarde, sin embargo, mientras bebe agua de la laguna, vuelve a sentir la sangre correr por sus viejas venas; todo vuelve a tener sentido. Hay un hombre en su territorio.

1. Ramírez nunca supo cómo, pero un día se encontró a sí mismo parado en medio de un bosque. Sucedió de forma un poco cómica, absurda más bien, porque Ramírez no despertó tirado sobre la tierra con las ropas desgarradas y dolor de cabeza, como indica el estereotipo de estos casos. Tampoco había olvidado la noche anterior ni las otras, y sus días. Aunque difícil fuera determinarlo para él en esas extrañas circunstancias, lo cierto es que la noche que había pasado era la misma que Ramírez recordaba: una cena en casa de Beto junto con varios de los muchachos del equipo. Como un reflejo le salió pensar “estos hijos de puta me hicieron otra joda de las suyas, estoy en el zoológico”, pero al segundo se amonestó por la idea, era imposible hacer algo así. Además, Ramírez tomó conciencia parado y sus ropas estaban en perfecto estado. Hasta los zapatos relucían, como en casa de Beto, al ser impactados por los furiosos rayos de sol.

Pasó varios días Ramírez haciendo nada entre los arbustos. Nunca se puso nervioso, tampoco buscó explicaciones locas ni de las otras. No intentó relacionar la circunstancia con un estado mental, más porque Ramírez no sabía mucho de esos temas que por otra cosa. El hombre no era ni escéptico ni psicoanalista, mucho menos predicaba creencias fantásticas. Ramírez tan sólo buscaba comida y lugares húmedos donde pudiera ponerse a salvo del calor sofocante. Era su nueva condición y la aceptaba; y a decir verdad, tampoco añoraba su vida anterior.

Hasta que un día cualquiera algo erizó su piel y estremeció sus intestinos. Un pavor inusitado que despertó su apacible carácter. Era casi de noche y Ramírez buscaba ramas para hacer un fuego mientras pensaba en aquel cuento de London (“¿Era London?”, se pregunta) en el que un hombre se pierde en la nieve y muere de hipotermia. “Que suerte que acá hace calor”, ironiza mientras recuerda que no sabe como encender las ramas y se trata de estúpido. En eso está cuando cree ver de refilón un bulto que se mueve detrás de la pequeña laguna. Alza la cabeza y fija la vista hacia el cuerpo en movimiento… y se queda sin aire: ante sus ojos, un espléndido tigre, inmenso y hermoso, lo mira concentrado. ¿Hace cuánto me estará observando?, alcanza a reflexionar absurdamente cuando su instinto lo lanza en carrera en sentido opuesto al animal.

Ramírez corre sin parar, cada tanto gira la cabeza y mira hacia atrás sin ver, horrorizado. Hieren su rostro los extremos de los árboles, pero no lo frenan. Luego de un tiempo extenso, el hombre se agota y detiene su enloquecida carrera. Ramírez apenas distingue formas en la densa negrura; ya es de noche en el bosque. Tiene mucho miedo, uno que se acrecienta por la oscuridad, y recién cuando para las orejas y la noche le devuelve silencio, su ritmo cardíaco se reestablece. Silban los pájaros, apagados, y la brisa acompaña sus cantos.

Exhausto y aturdido, Ramírez se apoya en un tronco caído. Es la primera vez, piensa, que se encuentra con un animal en lo que lleva viviendo en ese lugar. Como toda persona ante lo inesperado, se pregunta si el tigre no será producto de su imaginación. Esa idea le provoca más dudas, que comienzan a erosionar su, hasta el momento, tranquila y evasiva conciencia.

Gascoine es un bebedor de cerveza que en sus ratos libres se dedica al fútbol. Su silueta rubicunda y sus mejillas encarnadas revelan a un decano de los pubs. Sus declaraciones alimentan el morbo de los tabloides londinenses y se ordenan en tres categorías: jocosas, vengativas y estúpidas. Cuando es llamado a la selección, altera las normas de convivencia: pone champú en la jarra de té y reserva sesiones de bronceado para los jugadores negros.

— Zorro, me asignaron una tarea nueva, tengo que reconstruir la historia de Juventud -largué por fin. El viejo observaba con curiosidad casi científica los hielos que se extinguían en el fondo del vaso-. Me estoy volviendo loco, en los archivos de la biblioteca encontré muy poco.

El gallego, absorto en las tareas de la cocina, acomodaba unas copas recién lavadas.

— Mirá -respondió luego de un tiempo largo el Zorro- los libros son el paso obligado a la hora de escribir sobre el pasado; no los desestimes aunque la tarea no sea sencilla. Pero en mi opinión, sería cuanto más rico y saludable que buscaras en la historia viviente. ¿Entendés?

Otra vez el ruido de las vajillas me sacó del tema.

El Zorro supuso que no había comprendido y se largó a parlotear; lo dejé porque sé cuanto le agrada hacerlo. Comenzó por hablar de algunas corrientes historiográficas que, a su juicio, toman la historia como algo muerto, materia de museos. Y contrapuso a éstas otras vertientes, una principalmente que dijo “parte del presente para abrirse paso en el pasado, y así desentrañar algunas cuestiones que se vuelven explicables dentro de un contexto”. Me regodeaba escuchando sus disquisiciones, desde pequeño había sufrido la falta de una referencia paterna y el viejo era lo más próximo a un padre para mí. Ahora pienso que es triste no habérselo dicho nunca.

Luego de un momento, a pesar del embelesamiento provocado por su retórica, me vi en la obligación de cercar sus anchas observaciones para restringir sus consejos al tema que me andaba preocupando, uno concreto y misterioso.

— Zorro, me llamó la atención que en todos los archivos consultados falta la campaña del ‘73 -pisé las palabras del compañero de mesa-. Es como si ese año no hubiese existido para el club. En un principio pensé que esto se debía a un error, hipótesis que se evaporó de inmediato. Las dudas me carcomían intensamente la cabeza y seguí buscando hasta llegar a una revista deportiva que se publicó por estos pagos durante esa época, la cual me demostró que el torneo regional no interrumpió su normal desarrollo esa temporada. Es muy extraño.

— Ah, si. Si, si… -musitó el Zorro, con la actitud del que se despabila del sueño profundo por un fuerte sonido-. El equipo del ‘73. Bien pibe, eso nos lleva al comienzo, cuando yo te explicaba eso de buscar la historia viviente. Es un tema apasionante, turbio, dramático, nene -se entusiasmó el viejo. Finalmente, el gallego soltó los utensilios y traspasó el mostrador por primera vez en la tarde, para sentarse junto a nosotros. Hacía mucho que Rosendo no mostraba exaltación o siquiera interés por algo.

— Vos conocés, estás al tanto de lo que pasaba en ese entonces -prosiguió el relator-. Los tiempos no estaban fáciles, tampoco lo están ahora, pero digamos que en ese momento estaban peor. Para qué te voy a explicar, si estarás bien informado.

— Zorro, el pibe no es un gilipollas -se ofuscó graciosamente Rosendo, que causaba la risa de los parroquianos por su mezcla del español con el lunfardo-. Déjate de preludios innecesarios y vete al grano.

El viejo periodista alzó una ceja con desprecio, dirigió su mirada al gallego y respondió ágil, con un chiste que remató con un insulto cariñoso. Luego siguió con su oratoria:

— Nunca se supo que pasó. El colectivo que los llevaba a Lihué apareció en una zona de vegetación abundante, cerca de un arroyo. Al parecer, el conductor perdió el control del vehículo, que desbarrancó en ese punto del camino al pueblo vecino. En ese equipo había grandes glorias: el Tanque Ponzoni, el Abrojo Siacqualuga, el Nene Viteri. ¿Nunca oíste hablar de esos muchachos, pibe? -me preguntó el viejo, abriendo los ojos hasta más no poder. Me sentí intimidado.

— ¡El Tanque, que fenómeno! -exageró Beto Cortina, el mozo de la tarde, que escuchaba apoyado en una columna-. No lo querían enfrentar los arqueros, les perforaba las manos.

Un par de personas que conversaban en una mesa alejada se sobresaltaron al escuchar a Beto.

— El Nene era el distinto de ese equipo -discrepó el gallego tontamente.

— ¿Y por qué ese equipo no aparece en los diarios y revistas? Juventud no figura en la tabla del Regional 1972/73 -espeté con preocupación.

— Porque ese campeonato Juventud no lo jugó -largó el Zorro con pesadez-. Te dije que apareció el colectivo. Lo que no te dije es que adentro no había nadie, faltaba todo el plantel. Y en el interior del micro no se encontraron rastros humanos, es decir: no había sangre, ni partes de cuerpos, nada. Todo en perfecto orden, los bolsos con la indumentaria, las pertenencias de los jugadores, incluso las carpetas que llevaba el cuerpo técnico y algunas porquerías que el conductor guardaba en su bolso de viaje. Todo intacto, ni siquiera había desorden. El vehículo apareció prolijamente estacionado. Como si hubiesen sido chupados.

Estaba fuera de mí, metido en la narración, todos mis sentidos vivían la historia que el Zorro contaba. Cuando concluyó su relato, demoré unos segundos en aislarme del clima de la anécdota, impávido por lo que había escuchado. El silencio en la mesa era sepulcral. Nadie se atrevía a pronunciar palabra, siquiera a moverse.

— Tengo que entrevistar a los familiares, es una historia fascinante que debe ser difundida –me envalentoné por fin.

— No hay familiares, pibe -cacheteó mis anhelos el viejo-. De un día para el otro, ya no estaban. Por lo menos en el pueblo, no están y nadie por aquí sabe nada de ellos.

Nos quedamos en silencio un buen rato, hasta que el Zorro pidió otro whisky. Cortina apareció con la botella y sirvió torpemente. Rosendo volvió a sus labores rutinarias. El viejo eligió mirar melancólicamente por la ventana el sol que caía.

Es larga la tarde
como el camino curvo hasta tu casa
por donde regreso arrastrando los pies
hasta mi cama sola
a dormir con tu olor engarzado en mi piel,
a dormir con tu sombra.
Es larga la tarde
y el amor redondo como el gatillo de una pistola
me rodea de frente, de lado, de perfil.
El sueño pesa sobre mis hombros
y me acerca de nuevo a vos
al huequito de tu brazo,
a tu respiración,
a una continuación infinita de la batalla
de sábanas y almohadas que empezamos
y que pone risa
y energía
a nuestro cansancio.

Lavaca (diario MU) recibió este aporte de la perodista y reportera gráfica Daniela Reynoso Sánchez, que estuvo en el lugar. Otra mirada sobre lo ocurrido:

(a continuación es textual de la periodista que le mando este mail a lavaca.org.)

“Hoy en el ferrocarril Sarmiento, a las 07:30 de la mañana, pudo haber ocurrido un desastre.

Luego de haber subido al vagón en condiciones infrahumanas, la formación ubicada en la zona de la localidad de Merlo, sufrió un cortocircuito y los vagones comenzaron a incendiarse intempestivamente. Al ser una de las formaciones más nuevas, donde no hay matafuegos y es prácticamente imposible romper los grandes paneles de vidrios que se encuentran recubiertos con láminas polarizadas, la gente entró en pánico apenas comenzó a ver el humo que invadía los furgones. De forma absolutamente rápida, ya que estos no cuentan con material ignifugo, comenzaron a respirar toda esa humareda tóxica.

Finalmente, lograron abrir las puertas y a tirarse a las vías. Los furgones se encontraban superados en su tercera parte, lo mismo que Cromañón. De ninguna forma se observó “comandos de inadaptados”, como el gobierno nacional dejó entrever en la tarde de hoy haciendo alusión a Quebracho, Polo Obrero, o el Frente Sur, a los que acusó de desplegar una acción premeditada. Esta humilde periodista viajó en ese tren, y lo que vio fue gente de trabajo indignada”.

publicada 05/09/2008

Apareció sobre el fin de la tarde. Vestía una vieja campera de cuero negro que iba muy bien con su mirar desconfiado, su andar errante y su cuerpo inmenso. Entró al bar y buscó un lugar justo frente a mí. Fue haciéndose camino entre las mesas y los mozos con notoria torpeza, esquivándolos con tan poca idoneidad que se hacía entretenido seguirle el rastro, esperando con malicia el momento en que su cuerpo finalmente se estrellara en el suelo.

Su voluntad terminó por depositarlo en la silla -donde intentó acomodar su voluminoso cuerpo- y enseguida, como un acto reflejo, la costumbre de arreglarse el cuello de la campera y de peinarse con las manos el pelo hacia atrás al mismo tiempo que exhalaba un pequeño soplido de cansancio. Mirarlo me producía un ligero frescor en la garganta, de pastilla de mentol pero también de inquietud, de algo cercano al miedo pero que no lo era totalmente. El tipo no miraba a nadie, se observaba las manos sin levantar la cabeza en un gesto típico de timidez o vergüenza. Mientras tanto, por la ventana iba desapareciendo la tarde.

Yo lo miraba, absorto en su figura y en cada uno de sus movimientos, que eran apenas perceptibles y escasos, pero no para mí, claro. Pidió un café al que le agregó azúcar lentamente a pesar de que sus manos temblaban con ligereza y del paquete se perdía gran cantidad de contenido en la mesa o en el suelo. Desde mi posición conservaba la capacidad de enfocarme en todos sus movimientos y actitudes por fugaces que fueran. El hombre no mostraba sorpresa por nada en especial, pensativo y desinteresado de lo que ocurría en la calle o en el bar.

Desde las tardes de broncas y largos procesos, desde las repeticiones, desde los movimientos en falso (deliberadamente falsos) y las expresiones forzadas; en fin, desde lo más angustiante: las enormes cantidades de tiempo perdido en repeticiones, desde ese entonces yo lo sabía todo y sin embargo mis manos sudaban. Por supuesto que lo último que debía hacer el sujeto era mirarme, ese único acto de atención provocaría inmediatamente la interrupción y el consecuente fracaso de la secuencia que derivaría en el final anunciado, el final sabido que yo aguardaba impacientemente para sorpresa de mí mismo. Comencé a notar un gesto inesperado que se dibujaba repentinamente en su rostro: sus labios temblaban ligeramente. Se advertía más aún cuando sorbía café y de la taza asomaban las gotas de líquido negro, prisioneras que se iban escapando de lo inevitable. Una y otra vez sorbía café y en cada ocasión volcaba líquido en cantidad proporcional al aumento de los temblores que ahora reproducían sus manos y, aunque yo no pudiera saberlo, presentía que también sus piernas.

Fue de pronto como echó todo a perder. Al evitar algunos tramos convencionales se aceleraron los hechos contrariamente a lo recomendado. Extrajo una navaja de su bolsillo y se levantó de la silla, secándose la frente con la mano libre. Caminó con lentitud. Temblando y con paso endeble se dirigió hacia la mesa donde un hombre y una joven conversaban animadamente y una vez frente a ellos concedió una mirada penetrante a la mujer y luego se abalanzó aparatosamente sobre el hombre, que fingía desentendimiento, y le clavó la navaja en el vientre con gran vigor. La escena, tan fugaz y ridícula, propició la carcajada de un hombre que observaba desde su mesa. Resignado y bastante molesto, secándome el sudor con un pañuelo, seguía las acciones con indiferencia cuando no pude evitar sobresaltarme. Los gritos del herido (tan reales) y la sangre que caía al suelo provocaban la sorpresa de todos en el lugar, mientras la víctima sufría y exhalaba un aliento desesperado. Las personas comenzaron a levantarse y al reaccionar escapaban. El agresor, manchado de sangre y con la navaja en la mano, levantó los ojos de su victima y miró fijamente a un tipo que momentos antes se mostraba disconforme con la escena. Ahora se dirigía hacia él con el rostro desquiciado y el arma en la mano. Cuando alcanzó al hombre, el asesino se detuvo -respiró agitado durante unos segundos interminables- y velozmente clavó la navaja en el pecho del mismo hombre que reprobaba su trabajo y lo insultaba una y otra vez. El director cayó desplomado al suelo y se deshizo en su propio charco de sangre, con el cuerpo hirviendo y el corazón invadido por el penetrante dolor que le robaba los últimos latidos.

Apagué la cámara.

- Dale Rengo, apuntale a la cabeza.

- …

- ¡Dale Rengo, levanta el arma y apuntale, cagón!

- ¡Para pelotudo!

- ¿Qué te pasa, si vos aceptaste las reglas del juego?

El Rengo dejó de temblar por un segundo, paró las orejas y pareció comprender algo. Cabeza lo zamarreaba por los hombros, ofuscado. De pronto, alzó el brazo derecho y preparó el arma para finiquitar el asunto. Enfrente suyo, tiritando de espanto, su padre. Los dados habían salido como rayos de su mano y los números habían otorgado una muerte misteriosa al padre del jugador. Asuntos mafiosos tal vez, o quizás deudas de juego; no importaba demasiado. Las reglas estaban hechas para respetarse, de lo contrario el castigo sería mucho mayor. Cabeza lo sabía, también el Rengo, así como todos los miserables que por dinero estaban quemando su mismísimo destino en un juego demencial.

Cabeza, desesperado y sudando un líquido helado que lo hacía temblar, se valió de pronto de una fuerza sobrenatural y arrojó peligrosamente al Rengo hacia adelante. Intentaba robarle la pistola que, desbocado a los pies de su padre, el Rengo se empecinaba en tomar.

- La re mil puta que te parió Rengo -casi suspiró Cabeza agitado- lo vas a tener que matar, porque si no lo hacés, nos matan a toda la familia a vos y a mí, pelotudo.

Cabeza, según estipulaba el artículo número 14 de Reglamento, debía acompañar al participante de su derecha y encargarse de chequear y poder dar testimonio del cumplimiento de la prenda. En este caso, el Rengo había caido en un casillero decisivo: “Su padre muere de muerte no natural”. Claro y escueto. O se ocupaba él mismo del asunto o cualquier ser mortal, lo mismo daba, pero los jueces se encargarían de verificar que todo hubiese salido según lo dispuesto.  

Cansado de miedo y furioso, Cabeza se arrojó sobre el entregado cuerpo del Rengo y le zampó un puñetazo en el rostro. Un gesto excesivo, el hombre que yacía en el seco suelo de tierra estaba acabado desde antes. El agresor tomó el arma y focalizó a la víctima aterrada, deshecha en temblores.

 

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