6. Son muchos días los que pasaron desde que Ramírez divisó al tigre. Ahora, el tipo mutó la paranoia en descreimiento. Esta selva de mierda me está haciendo imaginar cosas, se dice el hombre, que casi no tiene recuerdos. Cada jornada se preocupa menos por el sustento alimenticio, mucho menos le importa lo que cree ver a su alrededor. Una vez soñó que Ludmila se le aparecía en la jungla mientras él intentaba quitarse la vida con un trozo de tronco afilado. Su difunta mujer, vestida con ropas de indígena, le sonreía y le quitaba el arma de la mano con una suavidad tan real que cuando despertó todavía podía sentir la caricia en su piel. Cagamos, se dijo, se me está colando el pasado.

En lo que a Ramírez le gusta pensar como su otra vida, las circunstancias desafortunadas fueron llevándolo a un margen, a un costado del mundo cotidiano. Aplastó con agria determinación la posibilidad del amor, como un papel al que se le ponen encima cientos de libros. Una vez a la semana su rutinario esquema lo conducía a la casa de Beto, donde los muchachos hacían la reunión de los jueves; un rato, para aparentar fortaleza y que no me jodan con su filosofar barato, era su patrón normativo.

Una sola cosa se escapaba del cronograma de acciones autoimpuestas: las visitas a la ucraniana, tan aleatorias como numerosas. Para esos pelotudos, los que se decían sus amigos, Ramírez se cogía a una puta del Once cada vez que las bolas le pesaban. Eso pasaba con Ramírez, para todos era una cosa cercana, tibia, habitual, sin misterios: como el gusto del agua. Para todos menos para él. Se dedicaba pacientemente, con puntillosidad, a conservar su privacidad bien en lo hondo, haciéndose ver como un tipo gris, poseedor de un listado de experiencias personales tan vasto y sin dobleces como el inventario de una biblioteca de libros de cocina.

Y si supieran todos esos infelices, todos los infelices que pueblan el mundo, que la ucraniana le había dado tanto. Cuanto más que todos los idiotas que se había cruzado en cincuenta años. Una vez, Ramírez estuvo a punto de contarles a los muchachos. Pero, ¿para qué?, se preguntó.

¿Para qué se preocupan por el amor, amigos? -dijo uno de los muchachos, algún jueves de juntada-. Miren lo bien que le va al querido Nacho Ramírez, sólo y cogiéndo cuando el cabezón así lo demanda -cuántas risas aquella vez-. Ramírez casi discutió, pero se calló por inercia. Y pensó, feliz, en la dignidad de la rubia vieja puta.