– ¡Ta ta ta ta ta, gooooooooooool! -cantó a viva voz el Zorro-. ¿A qué te hace acordar?
– Al relator uruguayo, Victor Hugo -respondí con jactancia. El gallego Rosendo, que ya sabía por dónde venía la mano, comenzó a reírse secamente.
– Ok, pero si te digo que ese latiguillo inolvidable se originó en estos ventosos y olvidados pagos, ¿me creés? -atacó el viejo, que movía un vaso con restos de whisky.

Respondí con la mirada incrédula, que más que negar se atajaba ante un nuevo delirio del Zorro. Como si se tratase de un programa de televisión, el viejo extendió un brazo e inmediatamente se abrió la puerta del bar de Rosendo. El que ingresaba lentamente era el Tarta Juárez, delantero emblema de Juventud hace unas décadas.

– Ho, ho, ho, hola a to, to, todos -dijo, y se presentó.
– No trajiste al Charro, tu ayudante.
– No, pu, pu, pudo venir, Zorro.
– A no desesperar, amigo, esta tarde yo te hago la segunda -tranquilizó el viejo.

Con el visto bueno de Juárez, nuestro orador reincidente deslizó su prestancia discursiva por la superficie de una historia, al menos para mí, inimaginable. “El Tarta -comenzó el Zorro- se crió futbolísticamente, que es casi la mejor manera de educarse, en los potreros de la parte trasera del pueblo, allí donde sólo gambetean los más intrépidos. Por su dificultad para el habla, de la que todos ustedes tomaron conocimiento hace un instante, el pibe logró una forma de comunicación sin palabras: el lenguaje de la pelota. Y por esa vía encontró a quien primero fue su mejor amigo y por último, su eterno castigo, a su compañero de ataque en todos los equipos en los que jugó.”

En el lugar, la parte inicial de la historia resonó de tal forma que lo que convencionalmente había sido un bar -con mesas, mozos y voces-, de momento se había convertido en un improvisado auditorio. Los clientes, amontonados alrededor de nuestra mesa, esperaban con impaciencia el desenlace, como quien se aguanta la risa cuando ésta es inoportuna. “Así fue que el Tarta y su compañero de la vida, Tamudio Sindudar, -continuó el contador de anécdotas- deslumbraron a los dirigentes de Juventud, que no dudaron en comprárselos al equipo del Puerto. Cuan injusta es la vida, pensaba el Tarta, que al encontrar la comunicación más hermosa había encontrado su condena. Sindudar hizo tantos goles como fueron posibles, quebró todo tipo de records, y siempre con pases de Juárez. Nuestro amigo, sin embargo, nunca convirtió, y vaya paradoja, todo por culpa de su ladero. ¿Por qué hago semejante afirmación? Bueno, simple: cada vez que Tamudio se hacía con la pelota cerca del arco, su compañero le reclamaba la devolución, bien parado para definir. “Ta, ta, ta, ta”, pero nunca concretaba el llamado. Sindudar, el sinvergüenza, fingía no oírlo y pateaba. “¡ta, ta, ta…gooooool!” concluía el Tarta con resignación. Por eso, con ironía, en la tribuna se decía que Juárez era el complemento perfecto de Tamudio: el que gritaba sus goles.”