Cuando el Zorro aceptó mi invitación, me sentí súbitamente nervioso. El viejo cascarrabias por fin vendría a la cancha a ver un partido de la liga regional. Más de 25 años habían pasado desde la última vez que, desencantado, dejara atrás el estadio del pueblo y con él, todos los demás. “Parece que al final voy a tener que darle la razón a Borges”, decía cada vez que podía, fastidioso. Lo que seguía lo repetíamos a coro con los muchachos del bar de Rosendo: “Son 22 tipos corriendo atrás de una pelota”. Más enojado que antes, sentenciaba con un “llegué a la vejez para coincidir con un conserva, ¡qué ironía!”.

Pero no tuvo más remedio que calzarse la boina y esperarme en la esquina del León Gutiérrez, que todavía lucía los tablones de antaño. Lo ubiqué no bien bajé del colectivo, tenía las manos en los bolsillos y una expresión de desagrado que me daba mucha gracia. Ese día debutaba mi amigo Lucho en Juventud, un enganche de promisorio futuro. “Nene, siempre impuntual vos”, me esputó al saludarnos.

Entramos casi sin hablarnos, porque yo tenía muchas ganas de reírme de mi quejumbroso compañero y él tendría muchos deseos de asesinarme por haberlo llevado a donde había jurado no volver, desilusionado con las miserias del fútbol actual, que además consideraba de mala calidad. Parados en el tablón, observamos como el primer tiempo se consumía tristemente en una monotonía de siesta pueblerina. Pese al 0 a 0, el Zorro me estaba goleando, y en el entretiempo se encargó de remarcarlo con el gesto sobrador de un sabio de esquina. “Y bueno querido -alardeaba-, la próxima te invito al teatro. Ahí actúan mejor, casi siempre, je. Qué decir de tu amigo. ¿Seguro estaba en la cancha?”

Cuando el partido terminó, el antiguo marcador manual indicaba un ampuloso 10-9, con el detalle del cero dibujado con fibra negra a falta de chapas. Lucho, con displicencia, había acertado una chilena, dos tiros de lejos y un toque al segundo palo con caño al arquero incluido y se había coronado como la figura del encuentro para la mayoría de los medios, incluso los egocéntricos de la capital, que resaltaban la tarde futbolera como un momento sublime para la historia del deporte más popular.

Por supuesto que el Zorro conservaba la hidalguía pese a la abrumadora derrota personal. Durante los 45 minutos de fiesta permaneció callado, disimulando la eufórica sorpresa con una sonrisa de costado y un vaivén lateral de la cabeza, en esa expresión automática que tienen los que no aceptan lo que ven claramente. Varias veces a lo largo de esa etapa lo miré esperando una frase, una respuesta con su sello. Presumo que por orgullo esquivaba mi mirada, pero cuando caminábamos de regreso, junto al público, no se aguantó más tan terrible atropello. “Nene, ¿sabés qué pasa? -arrancó y se fue encendiendo desde el silencio- Los superficiales como vos se quedan atontados con tantos goles, con la chilenita y qué se yo qué más. Ahora, y te lo digo por experiencia y con humildad: ¿Sabés por qué salieron 10-9? Yo sí, ¡Porque las defensas eran horribles!”