5. El lugar está desgarrado pero hace ya muchísimo que la rajadura se abrió y se devoró tantas cosas. Sin ir muy lejos, Zeta perdió a todos los suyos; pero también se fueron por la negrura especies y más especies, de animales, de plantas y varios seres humanos.

Lo poco que resistió a la desaparición de verdad que es escaso. La ¿figura? del hueco que se come todo lo que anda suelto es tal vez llana; pero como negarla si ni las aves -tan libres- quedaron revoloteando con su canto melódico y regular: la imagen de la boca inmensa que todo lo engulle es bien cierta.

Para que enumerar, aunque al preguntarse aquello no quede otra que hacerlo: cocodrilos, seres acuáticos, tucanes, aves orgullosas, felinos compañeros y otros enemigos; todos ellos y varios más, todos suprimidos del lugar. Para qué seguir enunciando el escenario. Zeta en soledad plena, ultrajado por el abandono, acariciado por la muerte, de frente a la seducción de un perecimiento inevitable. Pero un día un hombre.

La primera vez que Zeta vio un hombre sintió un escozor, algo entre desagradable y eléctrico, un sabor a adrenalina invadió su paladar. Sus impulsos lo tomaron como a un enemigo ancestral, más no afloró en su espíritu el deseo destructivo hacía el sujeto.

Hasta que sintió hambre y acabó por devorarse aquel temeroso inglesito.

Con los demás invasores las relaciones fueron dispares. Algunos fueron lujurioso alimento -más sabroso que los tapires- pero con otros varios Zeta llegó a establecer una sutil interrelación de miradas, cercanías y un ambiente muy complejo de describir, un clima que al tigre se le adhería a la piel como un abrojo y luego de sentirlo se veía obligado a descansar, trastornado por una fuerza aplastante.

Zeta gozaba como los villanos, que sienten cumplida su tarea cuando sacan lágrimas de terror de los pequeños ojos de los niños. En una ocasión, cuando por el bosque circulaba aquel viento helado que hace bailar a las copas de los árboles más altos, inmerso en una furiosa voluntad de causar estragos, Zeta atormentó a un obrero de la industria maderera que se encontró perdido en su territorio: sin hambre pero enloquecido por un dolor de muela, el animal se divirtió con el pobre infeliz, arrancándole sus ropas de trabajo a puro arañazo y atrapando su cabeza en su metálica mandíbula. El hombre casi muere de un ataque de pánico, pero cuando el tigre lo dejó ir apenas sangraba su pecho y las ropas se habían transformado en una serie de jirones de tela.

Recuerda la solitaria bestia la reprimenda de los suyos cuando regresó a casa. Los hombres son nuestros dignos enemigos, no hay que sobrepasarse con ellos porque cuentan con fuerzas muy poderosas de destrucción; le reprochó su mujer, Griega, una vez más.

Ahora, Zeta busca desesperadamente a Ramírez y piensa que haría otras cosas con él.