Vos te lo tomaste de otra manera, parecía que no habías caído. No es que te lo reproche, eh, pero fuiste más inconsciente que el resto. Cada uno lo vive como puede, ya lo sé, qué carajo te podía decir yo si estaba hecho pedazos, como un pelotudo estaba hecho. Un pelotudo de mierda.

En cambio vos, en esa especie de época gris de la autocensura que vivíamos, en cambio vos, con esa impunidad de ser nuestro, en cambio vos, digo, la puta madre vos que te salías con alguna gilada mientras estábamos los tres en el comedor, te juro que tenía que aguantarme las ganas, aunque no te lo niego: ciertas veces me fui para dejarme llorar sin que me vieras.

Seguro que no te acordás de aquellos años. ¿Qué digo años? Milenios, los días eran milenios y te lo tiro sin exagerar. Estábamos viviendo nuestro peronismo sin Perón, nuestro marxismo leninismo en el 79, nuestra UCR pos… no sé, me fui al carajo. Era mirarnos en las reuniones y entendernos. Alertarnos con una mueca cómplice de la inevitable tía, esa que de fútbol nada pero largaba la cuchillada: “¿Qué, si pierden este partido ya está?”, o el más triste “qué desastre, Mati, empataron con Aldovisi, ¿no?”. Y ahí nomás nuestra cara pétrea, rígida como las piernas de Velázquez, y ver con el costadito del ojo al viejo que se acomodaba el pelo en un claro gesto de nerviosismo y enfilaba para la cocina, a Juan apurando la gaseosa y atragantándose, con el consecuente charquito de gaseosa a la altura del pecho, al amigo de siempre asomándose peligrosamente al balcón de un piso 18 y otro de nosotros atajándolo con un “pará, boludo, no seas chiquilín” y al amigo haciéndose el sota (“¿cómo? Qué decís. Mirá qué lindo día nos tocó”); toda una secuencia interminable de cabezas gachas y silencios dolorosos sólo tajeada por algún camarada que lo entendía todo y salía con el clásico “¿Alguien quiere más café?” o el más torpe e igualmente efectivo “el otro día la vi a la ex de Nico, está hecha mierda” que diluían toda posibilidad de respuesta. Ma’ qué respuesta, váyanse todos bien a la concha de su madre. Esa tenía que ser la respuesta.

_ ¿Por qué la tía?

Y bueno, la tía viste cómo es, que te sale con cualquier cosa con esa impunidad olímpica. Porque uno la quiere así, ya lo sé, che. Pero no importa eso, a lo que voy es a que nosotros estábamos muertos, en el medio de un velorio pero muertos también. Como los zombies de The Walking Dead, como si esos zombies se ocuparan de los suyos como nosotros. Mientras que vos, nada, cantabas la de Yo te quiero Independiente. Sí, esa. No, vamo’ a matar un bostero, dice. Claro, ahí, después de la banda que va a todos lados corriendo a la guardia imperial. Eso, así, pero mirá que es como en los dibujitos, eh, todo de mentira. Guarda, atendé cómo dobla esssste animal. Colectivero tenías que ser, BOTÓN.

¡Qué larga se nos hizo esta mierda! No, el camino no, si estamos cerquita. Peor tu abuelo que viene de Almagro. Si nosotros tomamos el tren y nos bajamos a los cinco minutos. No seas vago, che. Lo que se hace largo es esto de jugar con Boca Unidos, Colectiveros del Norte, perder con los de Adrogué, ¡Adrogué!, jugar en Mendoza y no poderles copar el rancho por eso de los visitantes. Me acuerdo de la vez que entré en desesperación, después de All Boys. Te dormiste en mi pecho y yo te llené de lágrimas. Pobre vos, no podía parar. Después llegó ese 1-1 con Unión y con tu tío nos fuimos con el culo en la B a comer la pizza de siempre. Tantas lindas charlas y esa vez creo que ni hablamos.

Es por acá, sí, claro, todos con la camiseta roja, ¿viste qué lindo? Es como te había contado. Nooooo, acá no, éstos te matan con el precio y los choris son horribles. Yo te voy a decir dónde compramos.

Por un lado me alegraba que vos te lo tomaras así, hasta te envidiaba. Esos eran huevos, carajo, cantar que el Rojo es un sentimiento y no podés parar en la cara de cualquiera; qué festín ver la jeta de los otros, que no te podían decir nada. A vos, no. Nada te importaba, ¡ni la hora! Tu vieja se enojaba y yo me-hacía-el-que pero no sabés cómo me divertía, qué sensación. Orgullo, sí señor.

¿Cómo por qué? Qué curioso que sos, más que yo cuando era como vos. Claro, la edad.

Por acá, hijo, dame la mano. Bueno, acá estamos, en El… la Doble Visera. ¡Libertadores de América un carajo, viejo! Dejame explicarle a mí. Mirá, hijo, es sencillo: nosotros no liberamos América, nosotros le dimos murra, le pegamos un paseo bárbaro, la goleamos, la humillamos, la maltratamos y le mostramos a América lo que es el Rojo. Tierra arrasada dejamos, ma’ qué liberar ni liberar, Comparada y la recalcada concha de tu finada madre, hijo de puta. Estuvo mal papá, tenés razón, no se dice eso. Pero es Doble Visera, hijo, o así entre nosotros: Estadio Ricardo Enrique Bochini.

Ahora andá con el abuelo un ratito que enseguida los alcanzo. Decile que nos vemos en el lugar de siempre, él sabe.

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