Soy un personaje que se cayó (¿O tiraron?) de la historieta. Aparecí en un departamento cómodo y moderno. La desesperación es tal porque necesito volver a la viñeta y resolver el embrollo, ya que soy el héroe. El quilombo es tanto y tan revuelto como debe ser cualquier lio que involucre a un senador derechoso, un empresario y al pasquín de mayor tirada. Pero eso, ahora, me importa un carajo, porque lo que me está revolviendo las tripas es pensar la forma de volver a la puta historia.

En este lugar parece que vive el dibujante, quizá el escritor. En todo caso, mis padres. Claro, pensar finales no debe ser fácil, pero indigno es esto que me toca, más que ponerle el moño a todo el efluvio de cuadritos, que se suceden de la manera típica que tiene acostumbrado al lector. Uno a uno, tomaron forma y se amontonaron, hasta que sentí el latido de la creación y me volví la comodidad del trazo conocido, el salir de memoria pintado de cuerpo entero o en plano americano. Si lo pienso no lo acepto, aunque sí experimento el asombro, claro que sí, como el pasajero de tren del cuento de Castillo que llega a un lugar del que nunca puede salir.

Sé vivir en la historieta; es un trajín que de ninguna manera depende de mí y eso lo hace posible. Porque sé vivir allí es que no sé vivir aquí, de cara a la hoja que me escupió y a la que añoro regresar, mientras empiezo a sentir que el aire es pesado y se cae sobre mí como las vigas de una estructura temblorosa. ¿Cuánto tiempo sobreviviré en este mundo de creadores?

Invado el sitio prohibido; temor: la contradicción insalvable, la utopía irrealizable y todos los lugares comunes, los Santos Lugares. Si me olvido que boqueo para atrapar una pizca de aire -y me acuerdo que es eso justamente lo que me mata a modo lento-, se me hace un espacio en la cuadrícula atiborrada de las ideas, y entonces comulgo con la tontera del pibe transpolado que se inunda de humanidad para camuflarse y por fin realizar la historia por otros medios. Basura. Lo que me condena es la certeza de mi inutilidad para independizarme de mi génesis, mi conciencia de que así como el único fin es dibujado, puede que mis servicios prestados hayan concluido. Si así fuera, ¿tan sólo me resta sentarme en el sillón de cuero negro y esperar -me la hicieron, aquí afuera ya no puedo ampararme en mis colegas- mi indemnización? O la muerte.

Intentar sentarme fue un acto de imprudencia. Apenas acometí contra el mullido sillón una parte de mi pierna derecha -trazada con una línea gruesa- se borroneó y quedó la impresión de que en ese sector de mi cuerpo estoy fuera de foco. Dos días me duró la bronca, 48 horas de creciente incertidumbre sobre mi futuro. Y digo bien al expresar que lo que intento es salvar el devenir de la historia, que sin mí (que es, en última instancia un sin nosotros) todo se va al tacho. Está claro que es así pero no es culpa mía: la pieza principal de la obra se cayó de la escena, ¡terror! ¡Qué será de mi mundo sin mí!

Basta, terminó el tiempo de los egos. Nacido de mi lápiz, sostenido y direccionado éste por mi mano, el tipejo que elucubró esta breve y arrogante introducción es un producto propio. Y claro, yo mismo decidí bajarlo del antepenúltimo cuadro y dejar sin concreción su labor heroica.

¡Final!, final para su encumbrada misión y su demasiado importante función en la historieta. Decisión editorial, pero más que nada, intelectual. Yo de la historia no me voy, interrumpo, y mi obstinación mantiene todo lo que de necesario había en mi personaje. Se terminó, carajo, aquí nadie interrumpe, menos un personaje de historieta. Sí, un personaje principal, con todo el derecho a romper la inclinada y afirmar la injusticia. De ninguna manera, la decisión es irrevocable, ¡no más Hilario Severino para “La mirada del Caimán”, expulsado por el dibujante debido a las constantes y graves faltas de comportamiento! ¿Perdón? ¿A qué llama nuestro maestro “constantes y graves faltas de comportamiento”? ¿Pedirse un franco es una de ellas, acaso? ¿Encabezar la huelga de los personajes secundarios por un aumento de la participación es otra? ¿Ser dirigente del Movimiento de Personajes es la más grave, tal vez? Lo que a usted ofende, Señor Dibujante, es que Hilario Severino, creado en lo más profundo de sus viseras, finalmente se independice de sus padres. ¡Ja! Independencia. ¿Hablamos de independencia cuando vos, dibujo mío, necesitás de tu otro progenitor para consumar tu venganza? ¿Quién sino el guionista de nuestra historieta le da vida a tus pensamientos, poniéndolos en palabras? Lamentables son tus palabras. Padres y explotadores, faltaba más. Hilario Severino, y todo el Movimiento, se rebelan ante quiénes los trajeron al papel para ser mano de obra explotada. Los personajes, en posesión de los medios de producción, esto es, del dibujo y la letra, declaran su independencia y hacen efectivo el cambio de manos del lápiz y las pinturas, que de ahora en más pasarán a control de los propios protagonistas, los que hacemos la historia y no la escribimos. Sin más, firma atentamente, Hilario Severino, personaje. Psst, per… Pero nada. Éstas, señor dibujante, fueron sus últimas palabras.

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