En este terreno del siempre debatido “compromiso” de los intelectuales, yo me siento más bien incómodo porque sé que voy a acabar echando un balde de agua fría sobre algunas cabezas demasiado calientes. Cuando me hablan del famoso compromiso, pienso en el humorista que dijo memorablemente: “Comprometidos, comprometidos… harían mejor en casarse”. Parece mentira que a esta altura de las cosas se sigan haciendo gárgaras con tanta vehemente invocación a la entrega del intelectual a la causa política, o sea (en términos de gárgara) que primero es la causa y después  -sí, así lo piensan muchos, aunque no hablen explícitamente de prioridades-, después la escritura, después la experimentación, después la novela o el cuento o el poema. Uf.

Mi balde de agua fría consiste una vez más en decir que el compromiso del escritor es esencialmente el de la literatura, y que ésta sólo incide de veras en un proceso liberador cuando a su vez funciona como revolución literaria, entendiendo por esto cosas tales como la experimentación, invención, destrucción de ídolos, actos zen de la escritura que sacudan al lector y lo den vuelta como un guante, todo ello sin perjuicio de que el escritor incursione poco o mucho en la temática específicamente ideológica y política de la causa.

Notable palidez en algunas caras, lo tengo comprobado en diversos congresos. ¿Qué idea se hacen de un escritor, la del escriba sentado del Louvre? Por mi parte no me quedo en abstracciones, y repito que nuestro compromiso existe, vaya si existe, y que además es doble: en la literatura llevada a sus máximas posibilidades, y en la crítica cada día más necesaria frente a la fosilización lingüística que con frecuencia mediatiza y hasta anula el mensaje revolucionario. Nuestro vino nuevo necesita odres nuevos, y no sólo hay que transformar así los viejos adagios sino las estructuras de un lenguaje que cada día me aburre más cuando escucho sus sonsonetes, sus devotos rosarios de palabras que se encadenan automáticamente unas a otras, como aquello de la Roma eterna o la India milenaria.

*Proceso, México, n.° 358, 10 de septiembre de 1983.