A veces la virtud se aloja en la contradicción. Eso mismo, decían en el club, le pasaba al Buitre Cisneros, goleador de los regionales del ‘65 al ‘69. Acusado de egoísta, él siempre afirmó que era el hombre más solidario, el que hacía ganar a todos con su amor por las redes. Cansado de tener que desmentir sucias acusaciones, se perdió por los vastos terrenos de la Patagonia y el Zorro nunca más lo vio, hasta un mediodía de hace poco tiempo.

Estaba en la carnicería del pueblo, como uno más, como si no fuera el Buitre de los 503 goles. Estropeado pero con algo en su rostro que se mantenía imperecedero. “Esa mirada dura, certera, penetrante. La misma que fijaba en el lugar al cual iría a parar la pelota indefectiblemente, como una sentencia inamovible”, se regodeaba el viejo en el bar de Rosendo, a contraluz de una tarde naranja. El Buitre había contado los días como un recluso, metódicamente, esperando que pasara el tiempo suficiente para que se instaurara el olvido. Aplacados los odios y antagonismos que su figura viera nacer conforme sus tardes de gloria se repetían por miles, volvió a su hogar. Y se diría que su plan de camuflaje era exitoso, salvo por una excepción.

“Hola Buitre” dice el Zorro que le susurró al oído en la carnicería. Esperó unos segundos, y al no obtener respuesta lo golpeó con el codo. Entonces Cisneros pareció reconocerlo, pero rápidamente disimuló y siguió en lo suyo. Ante la insistencia del viejo, el grandote le pidió discreción. Salieron juntos y en la calle tuvo lugar un diálogo sustancioso, que pudimos conocer todos los miembros de la mesa.

“Era sordo, ¡mirá lo que me vengo a enterar tantos años después!”, me gritó el Zorro, como si los demás fueran de palo.

Luego, el viejo narrador nos habló de las artes del Buitre, de su forma de pararla y también de lo morfón que era. “Llegué a contar diez compañeros de ataque que tuvieron que irse del equipo porque no recibían un solo pase de Cisneros”, resumió el Zorro, acongojado al recordar el esclarecedor encuentro en el negocio de carnes.

El mozo, Willy, quiso saber porqué este espécimen del área nunca hizo pública su sordera. El viejo admitió haber puteado muchas veces al nueve por su negativa a otorgarle notas para el periódico zonal y luego evocó las palabras del ex jugador. “Nunca me gustaron los llorones que confiesan una debilidad para excusarse ante el mundo. Tampoco la voy con los buenos cristianos que hacen de la lástima un principio ético. Que se yo, al principio no lo conté y después, cuando empezaron con eso de que yo cobraba por gol, me dio tanta bronca que dejé de hablar con la prensa y con mis compañeros. Ahí resolví que haría de mi sordera una cualidad positiva y me centré exclusivamente en el arco rival. Pensar que ahora, a los tipos como yo, los llenan de elogios”. El Zorro terminó el relato y se quedó callado y quieto, con los ojos bien grandes y fijos en la nada, como si todavía no pudiera aceptar el no haberse dado cuenta nunca de lo que el Buitre le confesara apenas unos días atrás.