Domingos

Al este, la Muralla China. Al oeste, Domingos da Guia.

No hubo zaguero más sólido en toda la historia del fútbol. Domingos fue campeón en cuatro ciudades, Río de Janeiro, San Pablo, Montevideo, Buenos Aires, y fue por las cuatro adorado: cuando él jugaba, se llenaban los estadios.

Antes, los zagueros se pegaban a los delanteros como sellos y se desprendían de la pelota como si les quemara los pies, pateándola cuanto antes al alto cielo. Domingos, en cambio, dajaba pasar al rival, vana embestida, mientras le robaba la pelota, y después se tomaba todo el tiempo del mundo para sacar la pelota de la zona de peligro. Hombre de estilo imperturbable, todo lo hacía silbando y mirando para otro lado. Él despreciaba la velocidad. Jugaba en cámara lenta, maestro del suspenso, gozador de la lentitud: se llamó domingada al arte de salir del área a toda calma, como él hacía, desprendiéndose de la pelota sin correr y sin querer, porque le daba pena quedarse sin ella.