4. Bosteza bajo la sombra de un árbol. Ha dado por concluida la jornada de rastreo por el territorio. Desde que apareció el hombre, el animal recuperó las ganas de vivir, y en el cambio de estado descubrió que todavía le agrada el sabor de esas hojas rojizas tan distintivas que halló una mañana. No es carne, y a base de plantas su cuerpo irá inevitablemente descendiendo en la escala de fuerzas, como hasta ahora; sin embargo, para el felino ingerir hojas vuelve a colarse en la rutina diaria.

Nunca volvió a cruzarse con el humano. Tanta falta le hace volver a verlo, o que el sujeto se paralice del susto de nuevo. El cambio en su humor se concreta, cada tarde disfruta más de la calidez solar, noche a noche incursiona en la laguna para deleitarse con sonidos ínfimos que provienen del fondo del agua.

Que estas palabras no ofrezcan lugar para malos entendidos: el animal -que de aquí en más será llamado Zeta- no cesa en su tristeza. Inconsolable penumbra de soledad humedece su viejo interior, aunque la aparición de Ramírez abrió una hendija por la cual ingresó la luz. Ahora Zeta raspa con sus débiles garras ese pequeño hueco que rajó su impenetrable espíritu con la añoranza de ver a cielo abierto otra vez.

A diferencia del intruso, Zeta busca inconscientemente en sí mismo las armas para vencer el absurdo, para transformar el ambiente que contempla impertérrito en el deber ser de un tigre. Otra cosa no sabe pensar, otra cosa que no sea la forma de reacomodar el mundo. ¿Dónde están los animales que cazar?, ¿dónde los amigos con los cuáles compartir?, ¿cómo fue que desaparecieron? Es un animal el que cuestiona lo establecido.