3. Es evidente, Ramírez no quiere darle cauce. No quiere pensar que lo que vio realmente es lo que le parece que es. Estás asustado Ignacio, no seas pelotudo, mirá si un tigre te va a estar siguiendo. ¡Mirá si va a ser un tigre!, busca convencerse al tiempo que moja sus manos en un pequeño estanque de agua, en algún recodo del lugar al que fue a desembocar llevado por sus meditaciones. Las piernas también le demandan la pureza del líquido, sentidas por severos cortes confeccionados por ramas y fragosidades del terreno durante el escape. Ramírez puede estar vacío por dentro, pero igual emana sangre.

Es un día de esos en los que el sol ilumina desde un escondite, como refugiado, y permite esa maravilla que es la iluminación de la tierra a la vez que el gris concreto del cielo. El hombre está asustado, inhibido. Todo iba bien, se dice, sólo en el medio de la nada, amo y señor de la selva, hasta que apareció la bestia. ¿Es el día, que invita al melodrama? No quiere admitir que hace un tiempo largo actúa como un idiota, pasando las páginas con las yemas mojadas con saliva y cara de asco. Ya se lo decía la ucraniana, la del Once, esa vieja que lo junaba y le transmitía las palabras como un viento a través del hueco delantero de su dentadura. No dejés todo a un lado Nacho, que no sabés cuando la mano que pasa las páginas va a dejar de ser la tuya. Eso le aconsejaba esa anciana embrutecida por el oficio, los clientes y la emigración por escape. Rubia y sabia.

¿Por qué se murió Ramírez en ese cocoliche de calles estrechas, colectivos coloridos, viejas putas, amores suicidados, monopolios de la mentira y los amigos de los jueves? “Para renacer en la jungla”, se burla de sí mismo.

Anda caliente de un lado al otro, erizado por la vigilia. Ya no más siestas a horas antojadizas, ahora el tiempo comienza a segmentarse por actividades. A los momentos los divide arbitrariamente, aunque con el transcurso de la vida en el lugar Ramírez se vuelve un relojito. Tiempos para buscar comida, instantes para descansar y comer, misma cantidad de horas pérdidas en buscar elementos para encender un fuego cada noche, poco lugar al sueño. Así como así, la amenaza latente del animal fantasmagórico genera en Ramírez una vitalidad archivada, muy adormecida tras capas y capas de infortunios.

Los ojos de Ramírez necesitan descanso, están irritados y venosos. Ojos de lunático, de hombre que espera, a sol y sombra, toparse con la causa de su terror.