2. Un tigre bellísimo, imponente; pero triste. No existen otros animales terrestres -andan por ahí ciertos pájaros-, él habita el bosque en soledad. Se alimenta poco y mal, come frutas y hasta insectos, porque no hay jabalíes ni ciervos, ni siquiera tapires, sus platos preferidos. Los tigres son maestros de la caza, capaces de pasar a mejor vida a grandes bichos de un solo zarpazo y de asesinar con sus poderosos dientes, apretando la mandíbula en el cuello de sus víctimas, luego de paralizarlas con su atronador rugido y de voltearlas en la hierba. No éste por consiguiente, ya que la ausencia de herbívoros que atrapar ha provocado la merma de su instinto predatorio. Todo lo ha olvidado el estropeado tigre solitario.

El lugar es un lamento, puro verde que el espectacular ejemplar de 2.6 metros de largo por más de un metro de alto padece sin compañía. En el bosque desolado, sus 200 kilos alguna vez fueron 250, por eso le cuesta mucho andar entre los pastizales y tiene que echarse cada dos por tres. Excelente nadador, se ha quedado sin peces que comer y ya ni siente deseos de darse un chapuzón cuando el calor acecha.

Es hermoso, pero en su torso, de un pelaje leonado y lleno de hipnóticas rayas negras, se vislumbra flaqueza; también sus ojos ahora apagados fueron alguna vez penetrantes, paralizantes. Es que en los días despejados y las noches densas, el tigre no tiene a quién mirar desafiante, aunque la membrana especular ubicada en su retina enfoca bien en la oscuridad. Sus patas huesudas se terminan en unas debilitadas garras de uñas quebradizas que a veces intenta fortalecer en la corteza de algún árbol. Pero ya ni conserva voluntad de hacerlo. Total, ¿Para qué? Piensa el felino, angustiado, que ha dejado de rugir.

Una tarde, sin embargo, mientras bebe agua de la laguna, vuelve a sentir la sangre correr por sus viejas venas; todo vuelve a tener sentido. Hay un hombre en su territorio.