1. Ramírez nunca supo cómo, pero un día se encontró a sí mismo parado en medio de un bosque. Sucedió de forma un poco cómica, absurda más bien, porque Ramírez no despertó tirado sobre la tierra con las ropas desgarradas y dolor de cabeza, como indica el estereotipo de estos casos. Tampoco había olvidado la noche anterior ni las otras, y sus días. Aunque difícil fuera determinarlo para él en esas extrañas circunstancias, lo cierto es que la noche que había pasado era la misma que Ramírez recordaba: una cena en casa de Beto junto con varios de los muchachos del equipo. Como un reflejo le salió pensar “estos hijos de puta me hicieron otra joda de las suyas, estoy en el zoológico”, pero al segundo se amonestó por la idea, era imposible hacer algo así. Además, Ramírez tomó conciencia parado y sus ropas estaban en perfecto estado. Hasta los zapatos relucían, como en casa de Beto, al ser impactados por los furiosos rayos de sol.

Pasó varios días Ramírez haciendo nada entre los arbustos. Nunca se puso nervioso, tampoco buscó explicaciones locas ni de las otras. No intentó relacionar la circunstancia con un estado mental, más porque Ramírez no sabía mucho de esos temas que por otra cosa. El hombre no era ni escéptico ni psicoanalista, mucho menos predicaba creencias fantásticas. Ramírez tan sólo buscaba comida y lugares húmedos donde pudiera ponerse a salvo del calor sofocante. Era su nueva condición y la aceptaba; y a decir verdad, tampoco añoraba su vida anterior.

Hasta que un día cualquiera algo erizó su piel y estremeció sus intestinos. Un pavor inusitado que despertó su apacible carácter. Era casi de noche y Ramírez buscaba ramas para hacer un fuego mientras pensaba en aquel cuento de London (“¿Era London?”, se pregunta) en el que un hombre se pierde en la nieve y muere de hipotermia. “Que suerte que acá hace calor”, ironiza mientras recuerda que no sabe como encender las ramas y se trata de estúpido. En eso está cuando cree ver de refilón un bulto que se mueve detrás de la pequeña laguna. Alza la cabeza y fija la vista hacia el cuerpo en movimiento… y se queda sin aire: ante sus ojos, un espléndido tigre, inmenso y hermoso, lo mira concentrado. ¿Hace cuánto me estará observando?, alcanza a reflexionar absurdamente cuando su instinto lo lanza en carrera en sentido opuesto al animal.

Ramírez corre sin parar, cada tanto gira la cabeza y mira hacia atrás sin ver, horrorizado. Hieren su rostro los extremos de los árboles, pero no lo frenan. Luego de un tiempo extenso, el hombre se agota y detiene su enloquecida carrera. Ramírez apenas distingue formas en la densa negrura; ya es de noche en el bosque. Tiene mucho miedo, uno que se acrecienta por la oscuridad, y recién cuando para las orejas y la noche le devuelve silencio, su ritmo cardíaco se reestablece. Silban los pájaros, apagados, y la brisa acompaña sus cantos.

Exhausto y aturdido, Ramírez se apoya en un tronco caído. Es la primera vez, piensa, que se encuentra con un animal en lo que lleva viviendo en ese lugar. Como toda persona ante lo inesperado, se pregunta si el tigre no será producto de su imaginación. Esa idea le provoca más dudas, que comienzan a erosionar su, hasta el momento, tranquila y evasiva conciencia.