– Dale Rengo, apuntale a la cabeza.

– …

– ¡Dale Rengo, levanta el arma y apuntale, cagón!

– ¡Para pelotudo!

– ¿Qué te pasa, si vos aceptaste las reglas del juego?

El Rengo dejó de temblar por un segundo, paró las orejas y pareció comprender algo. Cabeza lo zamarreaba por los hombros, ofuscado. De pronto, alzó el brazo derecho y preparó el arma para finiquitar el asunto. Enfrente suyo, tiritando de espanto, su padre. Los dados habían salido como rayos de su mano y los números habían otorgado una muerte misteriosa al padre del jugador. Asuntos mafiosos tal vez, o quizás deudas de juego; no importaba demasiado. Las reglas estaban hechas para respetarse, de lo contrario el castigo sería mucho mayor. Cabeza lo sabía, también el Rengo, así como todos los miserables que por dinero estaban quemando su mismísimo destino en un juego demencial.

Cabeza, desesperado y sudando un líquido helado que lo hacía temblar, se valió de pronto de una fuerza sobrenatural y arrojó peligrosamente al Rengo hacia adelante. Intentaba robarle la pistola que, desbocado a los pies de su padre, el Rengo se empecinaba en tomar.

– La re mil puta que te parió Rengo -casi suspiró Cabeza agitado- lo vas a tener que matar, porque si no lo hacés, nos matan a toda la familia a vos y a mí, pelotudo.

Cabeza, según estipulaba el artículo número 14 de Reglamento, debía acompañar al participante de su derecha y encargarse de chequear y poder dar testimonio del cumplimiento de la prenda. En este caso, el Rengo había caido en un casillero decisivo: “Su padre muere de muerte no natural”. Claro y escueto. O se ocupaba él mismo del asunto o cualquier ser mortal, lo mismo daba, pero los jueces se encargarían de verificar que todo hubiese salido según lo dispuesto.  

Cansado de miedo y furioso, Cabeza se arrojó sobre el entregado cuerpo del Rengo y le zampó un puñetazo en el rostro. Un gesto excesivo, el hombre que yacía en el seco suelo de tierra estaba acabado desde antes. El agresor tomó el arma y focalizó a la víctima aterrada, deshecha en temblores.