El informe no era malo, claro. El Zorro pensaba lo mismo. Sin embargo, mi sensación era deplorable: habían rebotado mi trabajo y no me animaba a encararla. Mientras el viejo ensayaba con mucho esmero algún consuelo -siempre odié esas manifestaciones de compasión-, algo poco común en un tipo seco como él tan reacio a las demostraciones de afecto, mis pensamientos se perdían en una alarmante certeza. Algo me decía que ella no vendría nunca más al bar de Rosendo.

Varios meses habían pasado desde que, según el Zorro, la chica había entrado por primera vez al lugar y, luego de ubicarse en una mesa detrás nuestro y de cara a la ventana que da a la Avenida San Martín, había ordenado un café con leche. El viejo me dijo una vez al pasar -yo intentaba no ser tan evidente- que ella se situaba en el mismo lugar todos los martes. Tamaña frustración sentí al caer en la cuenta de que hasta aquel día en que descubrí con asombro su preciosa cabellera, yo no había sentido la curiosidad de mirar hacia ese sector del bar.

Mientras reprimía los impulsos asesinos de mis manos, que ansiaban destruir los papeles del informe rechazado, acariciaba su cuerpo con los ojos, dramáticamente. De arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Encendido, procaz, urgente. Con timidez.

Algo -o la intensidad de mi presencia- inquietó a la muchacha, que no levantaba la cabeza, atenta a un libro que apoyaba sobre la mesa. El Zorro ya me molestaba, a pesar de sus emocionantes intentos por levantarme el ánimo, y sólo quería ser de otra manera para tener el coraje de levantarme de mi silla y partir en su búsqueda.

— Ahora. Es ahora o nunca. Ya se va, está apurando la lectura -me daba impulso a mí mismo.

— … lo vió a uno acá, sentado, pálido, conocía lo que se jugaba en ese partido. Pero no se avivó de nada. No te quiero decir que se trata de ser adivino, se trata de… -me decía el viejo.

— Me paro y la tomo de un brazo. Ella se va a dar vuelta disimulando sorpresa y ahí nomás le estampo un beso en la boca -pensaba, atrevido.

— … intuir que algo va a pasar e ir a buscarlo para tener algo que vivir y que contarle a otros. Como regla general de vida, no solo para el periodismo -continuaba la exhortación del Zorro. La chica tomó sus cosas de pronto y se marchó. Había dejado el dinero debajo del platillo del café. Casi me descompongo del susto.

— No entendés lo que quiero decir -masculló el viejo ante mi silencio de terror. Ella salía por la puerta. Cuando pasó junto a la ventana, me lanzó una mirada entre triste y desaprobatoria.

— No – contesté resignado.

— Ya vas a entender -sentenció el Zorro.

— La puta que te parío -lo insulté, rabioso, por dentro.