Había tomado la costumbre de regocijarme siguiendo lentamente con la mirada la brillante y larga -hermosa- cabellera de tono castaño que caía sensualmente por la espalda de la chica de la otra mesa que, sentada de espaldas al grupo de los martes, tomaba su café lentamente. Trataba de ser disimulado, observar con sagacidad, pero lo cierto es que la mayoría de las veces la dama en cuestión me atrapaba en pleno regodeo.

Por el vidrio de la ventana, de frente a su vanguardia, ella espiaba nuestras conversaciones. Eso lo descubrí mucho tiempo después, y todavía hoy no sé cuanto mérito llevo y cuanto me ayudaron a entender. Comprenderlo todo, porque yo si de algo estaba seguro era que ella no me miraba a mí. Quiero decir, ella debería estar prestando atención a cualquier detalle marginal, como el saco viejo del Zorro, la extraña manera de elaborar sus historias o al Zorro mismo, que aunque entrado en años todavía conservaba dejos de seductor en su voz cautivante. Es que ella se me hacía tan lejana, tan para otro: sus manos suaves y frágiles, donde yo me perdía; su piel blanca; su nuca desnuda, sólo cuando me homenajeaba en silencio; su seriedad. Y lo que más me aterraba: su mirada, sus ojos direccionados hacia mí.

— No lo creo -me decía a mí mismo mientras el viejo monopolizaba la palabra- ella no me está mirando.

— Pibe… che, pibe -me despertaba el chaqueño-. ¿Qué te traigo, lo mismo de siempre?

— Eeeeh, si. Si, si, claro chaqueño.

Pensaba que en ese momento ella estaría escondiendo una mueca, atorando una risita cínica.