Con expresión de disgusto, estiraba las puntas de las hojas manchadas de mate y marcadas de tabaco. El Zorro miraba por la ventana y sorbía con afectación de gentil hombre su vaso de whisky, pétreo, inalcanzable, aburrido y, curiosamente, conmovedor.

La voz, rasposa y clara, se quejó:

– No puedo creer que no me lo aceptaran.

Silencio.

– No era un mal informe.

Silencio.

– ¿No?

El Zorro se volteó a mirarlo.

– ¿Y entonces? – preguntó, con vaso de whisky vacio girando cansadamente en su mano izquierda.

– ¿Por qué lo desaprobaron?

– Son cosas que pasan. Si querés seguridades, elegiste mal tu profesión – dijo, mientras se acodaba en el respaldo de la silla y volvía, imperturbable, los ojos a la ventana. La chica se sobresaltó y estiró su mano hacia la cartera, en un ademán inconcluso cuando nadie se levantó de la mesa.

Él pensó que esas eran sus últimas palabras, y, sin alegría, chistó al arrancar la punta de una de las hojas.

– Sos bueno, pibe. Muy bueno. Tenés talento, y algo que quiere expresarse a través de vos. Creo que vas a triunfar donde otros fracasamos. Pero tampoco te creas un genio por eso. Te falta ejercitar algo fundamental, todavía – barbotó – ¿Te acordás la historia que me trajiste la semana pasada? ¿La de los hermanos Devaca? Éste – y señaló con desprecio con la cabeza al Gallego, que repasaba las tazas con un trapo dudosamente limpio – lo vió a uno acá, sentado, pálido, conocía lo que se jugaba en ese partido. Pero no se avivó de nada. No te quiero decir que se trata de ser adivino, se trata de intuir que algo va a pasar e ir a buscarlo para tener algo que vivir y que contarle a otros. Como regla general de vida, no solo para el periodismo.

Ahora el callado era el otro.

– No entendés lo que quiero decir.

– No – confesó.

– Ya vas a entender.-

Escrito por Ella. Publicado acá.

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