Nadie sabe precisar en qué momento apareció en el bar la chica esta. A nadie le importaba mucho, tampoco. Aún cuando elegía el mismísimo día en el que todos se reunían debajo y alrededor del periodista, solía sentarse de espaldas a ellos, frente a la ventana que daba a la mal llamada Avenida San Martín, con el mp3 firmemente calado murmurándole en las orejas y los ojos marrones clavados en el vidrio. Siempre pedía lo mismo y siempre fumaba de la misma marca. Demoraba la taza en el platillo y el pago y se iba apenas minutos antes que el corrillo de hombres de la mesa del medio se disolviera, con un apuro repentino.

El Gallego, un tipo genéricamente gordo y aburrido, curioseaba de una mesa a la otra detrás del aislamiento seguro del mostrador. La pregunta que se hacía era cómo el Zorro, por lo habitual parco, se permitía no solo una ligera sonrisita de compasión cuando la chica entraba, sino que también había cambiado su lugar habitual en la mesa.

Lo que Zorro sí notaba y el Gallego no, claro, eran los ojos arrobados de la piba que espiaba por el reflejo del vidrio al novato.-

Escrito por Ella. Publicado acá.