El Zorro me esperaba en la mesa de siempre. Miraba por la ventana, absorto en algún pensamiento, con el vaso de whisky casi vacío junto a su mano derecha. La calle estaba intransitable; un viento helado se metía dentro de mi boca hasta congelarme las muelas. Llevaba el periódico que había prometido mostrarle al Zorro.

— Acá está, me costó muchísimo trabajo pero pude encontrarlo en el archivo del diario y saqué una copia -dije cuando estuve frente al viejo, que observaba el papel con una curiosidad casi infantil.

— La crónica del partido entre los hermanos Devaca, no puede ser -finalmente se sorprendió el veterano periodista.

— Esos pibes terminaron mal. Me acuerdo que antes del partido, el mayor estuvo tomando algo acá. Se sentó en aquella mesa -señaló Rosendo, que escuchaba nuestra conversación acodado en el mostrador-. Tenía la cara tan pálida que me asustó.

 — Dejame que te lea esta parte, Zorro –retomé cuando el gallego se metió en la cocina-. Es el fragmento más importante: “El encuentro, igualado en cero, moría con la tarde. El árbitro, de pronto, marcó una falta muy cerca del área de Juventud, que con el empate podía coronarse. Eugenio, infalible pateador, tomó el balón y lo acomodó en el sitio marcado por el juez. Su hermano, Tomás, armaba la barrera, conocedor más que nadie de la precisión del mayor de los Devaca, que siempre elegía el primer palo para colocar el esférico. El delantero de Villa Diamante necesitaba un gol para convertirse en el máximo artillero de la historia del club; el menor debía evitar el tanto para elevar a su equipo a la gloria del campeonato. El reloj marcaba el tiempo cumplido. Eugenio tiró suave al primer palo, por sobre la barrera. El balón voló lentamente, como un pase que su hermano podría detener con un soplido. Sin embargo, Tomás eligió el otro palo: sin sutilezas dejó el arco libre para que su hermano llegara al record. Eugenio, no obstante, estaba decidido a no marcar el tanto. La pelota bajó detrás del muro humano y su recorrido murió precozmente. Ambos evitaron condenar al otro. El Puma Madoni, que corrió en busca del balón y vulneró el arco, sepultó a los dos.”