– ¿Cómo llegaste aquí? -preguntó al polaco.

Sus ojos oscuros se detuvieron en un punto indefinido.

– Yo ya no podía jugar en Polonia -dijo.

– ¿Por qué?

– Digamos, yo ya no quería jugar más al fútbol.

– ¿Estabas cansado?

– No, no era eso.

Seller consideró cauto no apresurarse con las preguntas. De todos modos adivinaba en Obdan a un hombre con necesidad de contar.

– No era eso -endureció su gesto el polaco-. Me había ocurrido algo muy desagradable.

Seller permaneció en silencio, un silencio que en sí mismo era un interrogante.

– Quebré a mi hermano -sintetizó Obdan, quedamente.

– ¿Jugando?

Obdan asintió con la cabeza.

– ¿Un accidente?

– No, no precisamente…

– Es que a veces, en el ardor del juego… -atemperó Seller.

– No, no -musitó Obdan-. No, aún hoy, a veces, trato de disculparme, de pensar que si bien no fue accidental, me cegó un poco el nerviosismo. El odio. Pero no hay disculpa. No hay disculpa. Fue una cosa miserable. Atroz.

El polaco se mordió los labios, Seller, simplemente, lo miraba.

– Fue una triple fractura -dijo Obdan.

– ¿Con desplazamiento?

– Si. El partido fue un Lodz y tuvimos que desplazarnos hasta Kielce para internar a Sergei.

Obdan se había sentado en la cama y sus dedos jugueteaban distraídamente con los pliegues de las sábanas.

– ¿Se repuso? -preguntó Seller.

– En  verdad, bueno… Best…, no me resulta demasiado fácil hablar de esto.

– Puede que te haga bien.

– No. No se repuso -admitió el polaco con un suspiro-. La tibia estaba partida en dos lugares, el peroné en cuatro o cinco. Cuando lo sacaron en camilla la pierna hacía un ruido similar al de un cubilete lleno de dados. Quedó imposibilitado de trabajar para toda la vida.

– ¿Hacía algo más, fuera del fútbol?

– Sí. Tú sabes que en Polonia casi todos tenemos otro trabajo además del fútbol. Hay muchos estudiantes incluso. Sergei era pianista. Un eximio pianista.

– ¿Y qué le impidió seguir tocando? -se asombró Seller.

– Es que yo -el tono de voz del polaco pareció disminuir- tras golpearlo, al levantarme le pisé la mano. Le quebré dos dedos de la mano derecha.

– Entiendo.

– Tampoco llegó nunca a recobrar bien la movilidad en esos dedos. Era muy buen pianista. Ahora está en la ruina.

– No te culpes -procuró reconfortarlo Seller-. Son cosas del fútbol. Todo aquel que entra a la cancha sabe que puede sucederle eso. Por otra parte, en ese momento, Sergei no era tu hermano, era solamente un jugador del equipo rival. Un rival, en definitiva.

Obdan quedó en silencio. Seller pensó que allí había terminado su confesión.

– Es que jugábamos en el mismo equipo -agregó sin embargo el polaco.

– ¿En el mismo equipo?

– Ahá.

– ¿Y cómo fue eso? ¿Cómo hiciste para fracturarlo, o para chocar con él? ¿Fueron ambos a un mismo balón?

– Era aquel un partido bastante importante. Una final de zona. Nos jugábamos el pasar a la ronda final. Recuerdo que íbamos empatados. Y Sergei cometió un error increíble. Grosero. Nos costó el gol definitivo. Yo reconozco que me exasperé. Lo insulté. Me insultó. A la jugada siguiente volvió a escaparse el wing de ellos. Sergei corrió a cortarle el camino y yo también. Me arrojé a los pies de ambos, pero no puedo engañarme. Fui decididamente a buscar la pierna de Sergei. Lo quebré.