Estábamos sentados en la misma mesa de siempre, en el bar del gallego Rosendo. Esta vez nos acompañaba el Cóndor Ramírez, ex zaguero central de Juventud. Afuera, el viento formaba remolinos de hojas secas. Miré con placidez por la ventana, pensando que en la calidez del lugar se estaba a gusto. Nadie hablaba, parecía que la reunión moría con la tarde.

— Esta historia seguro que no la conocen -se escuchó emerger, de pronto, la voz rasposa del Zorro-. Cóndor, ¿te acordás del Rulo Varela? -prosiguió el viejo, mientras hacía sonar los hielos a medio derretir en su vaso de whisky vacío. El mozo entendía la señal, y al poco tiempo aparecía con la botella y un vaso con cubitos nuevos.

— Como no me voy a acordar de ese turro -respondió el Cóndor, que siempre masticaba un escarbadientes como con bronca-. Si me hubiera dejado patear a mí, éramos campeones del regional -concluyó con gesto adusto.

— Escuchame querido, el Rulo no fue para atrás en esa final -reaccionó el Zorro, y tragó medio vaso de un sorbo.

— ¿De qué carajo me estás hablando, si después que erró el penal se empezó a reír como loco? Parecía un enajenado el malparido  -escupió el Cóndor, furioso. Luego se puso a mirar para afuera.

— Es que sucedió algo -el viejo se frotaba las manos para darse calor-. El Rulo, poco tiempo atrás, había encontrado a su mujer en la cama con el Conejo Rentera. Se la tenía jurada.

— ¿El Conejo Rentera no era el arquero de Villa Diamante?, -intervine tímidamente.

— Claro pibe -asintió el Zorro-. Adiviná contra quién jugaba la final Juventud.

— Cuando fui a buscar la pelota, para acomodarla en el punto del penal, Varela vino disparado y me la sacó de las manos -recordó Ramírez, más tranquilo-. Como lo vi tan convencido, ni me puse a discutir. Además, él le pegaba muy bien.

— Claro, Cóndor. El Rulo tenía enfrente al tipo que había desprestigiado su honor. Por eso, buscó fusilarlo, apuntó directo a su cabeza. Nunca más vi un zapatazo tan fuerte; el Conejo no reaccionó, la pelota le rompió la nariz y le bajó un diente -aclaró el Zorro. Luego, terminó su bebida y se despidió. Ramírez me miraba, incrédulo. Afuera, la noche ocultaba el pueblo.