En el pueblo decían que el Vasco Otegui era como el viento Zonda, porque cuando escapaba en velocidad levantaba polvo, y los rivales, con los ojos resecos, se perdían en la nube terrosa. Además, lucía una pegada memorable, que perforaba redes.

Pero el delantero de Juventud no era un tipo dócil; costaba manejarlo. Tantos años en el club, y esa idolatría que ostentaba, bastaban para que los entrenadores decidieran optar entre el paso al costado o la sumisión a sus caprichos y preferencias tácticas.

Por eso, un viento helado recorrió mi espalda cuando escuché, en esa sucia mesa del bar del gallego Rosendo, que el Vasco se había doblegado ante la presión de la barra de Juventud. El Zorro, viejo periodista, lo contó mientras se tomaba un whisky. Según sus palabras, el Chueco Sosa, líder de la hinchada, citó a Otegui una tarde. Inmenso, lo esperaba en su casilla. Bajo un techo de chapas que se balanceaban peligrosamente, sobornó al Vasco para que Juventud se dejara ganar el partido ante Villa Diamante.

El Zorro me aseguró que era un arreglo entre ambos clubes para que los de Diamante no descendieran de categoría.

— Si, pibe, ya sé lo que estás pensando –me sorprendió el viejo, y continuó. Ese partido terminó en victoria de Juventud 1 a 0 con un zapatazo del Vasco al ángulo.

Ahora me costaba seguir el hilo del relato. Pero el Zorro desenredó el nudo argumental:

— El Vasco -dijo- nunca quiso hacer ese gol. Él me lo confesó. A pesar de su duro carácter, estaba más apichonado que nene perdido en la playa -ironizó, y soltó una risa tenue-. El problema es que la bola quedó picando cerca del área y el tipo no pudo con su instinto, porque eso pasaba con el Vasco, era impulso puro, no pensaba el juego. Lo que sí recordarás -dijo el viejo abriendo los ojos y clavándolos en los míos, amenazante-, es que ese fue el último partido del Vasco en Juventud. Luego de tremenda traición, el tipo desapareció del mundo -concluyó y se detuvo bruscamente. Luego suspiró pensativo y pidió la cuenta. Afuera anochecía.