Mi obsesión por relacionar cualquier hecho de la vida cotidiana con la práctica de un ejercicio (sostengo la teoría de que en la vía pública sobrevive sólo el más apto para realizar tareas físicas) me hizo posar la mirada en las condiciones en las que viajan los ciudadanos que transitan, en tren, el trayecto que liga el sur del conurbano con la Ciudad de Buenos Aires.

En los momentos de mayor concentración de gente dentro de los coches de la línea Roca se puede distinguir una llamativa práctica que desarrollan los pasajeros que se aventuran en la travesía sobre rieles.

Me volqué de lleno al trabajo de campo y logré sistematizar la experiencia. A continuación detallo, paso por paso, el extravagante acto popular. Primero, la máquina se detiene en una de las tantas estaciones. Antes de abrirse sus puertas, los transeúntes que aguardan para entrar ya se han amontonado a su alrededor. Las puertas finalmente ceden y los pasajeros que se disponen a descender del vehículo salen de los vagones como pueden, obligados a nadar entre los cuerpos de la gente apostada junto al tren. Una vez que el camino está despejado, la muchedumbre ingresa en los vagones, chocándose entre sí en el apuro por lograr el ascenso. Hasta aquí, la situación es medianamente normal. Sin embargo, falta lo mejor: los últimos sujetos que buscan conquistar un mínimo espacio en el tren -que ya se encuentra abarrotado de gente- comienzan a comprimir, literalmente, a los pasajeros que han logrado hacerse un lugar.

Desde afuera, hombres y mujeres estiran sus brazos y empujan a la masa jadeante de seres humanos que llena el tren.

La primera vez que presencié -y sufrí- esta situación quedé perturbado. No tanto por las miserables condiciones de viaje que deben soportarse en el transporte público, sino más bien porque todos los pasajeros viven con naturalidad esta circunstancia. Luego, encontré un video (http://youtube.com/watch?v=D6PT4Pviez4) y calmé toda mi indignación. Después de todo, si uno de los países más avanzados del mundo legitima esta práctica desde el poder, todavía puede ser peor.