Te veo llegar, y mientras te acercás, planifico la masacre. Primero te tomaría del cabello, con la mano derecha. El impulso hacia abajo me dejaría a considerable distancia tu cabeza, para impulsar mi pierna izquierda hacia atrás, con énfasis; y como zaguero bruto metería un zapatazo de lleno en tu cráneo desprovisto de defensa. Yo te conozco al dedillo, y sabría perfectamente -con una especie de excitación de los sentidos como manifestación imborrable- que vos sentirías una pesada oscuridad, y algo de rojo en tus ojos también, como si vieras globitos, pero con dolor, un intenso dolor.

Y entonces, yo también viviría tu desgarrador sufrimiento. Por un momento, detendría mi alucinación asesina, y sólo por segundos decidiría frenar la golpiza. Pero inmediatamente recordaría. Si, todo lo que me hiciste, todas las veces que entendí que vos eras una especie de cortadora de césped que sin conductor queda a la deriva y avanza por el terreno, rasurando todo a su paso. Con la diferencia de que vos, luego, te arrepentirías y llorarías inconsolablemente por haberte equivocado de tal forma: estúpida y torpe, tan mínima como irremediablemente. Y como yo lo sé -puedo sentir todo lo que sentís- entonces con más razones que entusiasmo me volcaría sobre tu cuerpo dócil, y como lava que surge de un volcán, hirviente e imparable, consumaría el terrible acto de aniquilamiento. Y después regresaría de la quimera, y entendería que no puedo hacerme todo eso a mí mismo.