Es un deporte urbano. Saltar de baldosa en baldosa para gambetear a los bichos voladores que tomaron la costumbre de caminar las veredas como nosotros, amos y señores de la ciudad. Entonces, tenemos que esquivar no sólo los pozos, los charcos y la basura que tira el vecino, sino también palomas.

Irrespetuosas palomas de ciudad.

Yo me pregunto si siempre fue así esto de convivir con aves molestas que van ladeándose en su andar corto, mientras suben y bajan la cabecita con ojos inexpresivos como botones que seguro nos miran, pero ya no parecen temernos. Y me respondo que cuando yo era chico estas aves sucias por el smog nos tenían miedo y se corrían para dejarnos pasar. Las pocas que se arriesgaban a bajar al asfalto poseían las virtudes de la atención y la reacción instantáneas, con lo cual rara vez sucumbía una compañera paloma bajo las ruedas de un colectivo.

En aquel tiempo, de algún modo, yo las admiraba. Cuando me subía al 168 me abocaba a la tarea de campo como un investigador apasionado: desde la ventanilla, miraba hacia el suelo en busca de estos cotidianos animalitos para sorprenderme cada vez ante su agilidad y timming para adivinar el momento indicado y escapar de las ruedas asesinas. En el instante exacto en que el automóvil iba a pisarlas, ellas aleteaban apenas lo necesario para hacerse a un lado y seguir picoteando el asfalto. Una acción que tenía mucho de acto reflejo, instintivo y habitual. Muy semejante al salto de obstáculos que se practica en algunas carreras.

Ahora es otra historia. Pasé del amor al odio. Ellas nos perdieron el respeto y uno es el que tiene que alterar el recorrido por culpa suya y hacer un ejercicio excesivo para no darse la cabeza contra el piso o arremeter de frente contra la señora de tapado que viene por la izquierda.

Por ello, el transeúnte porteño debe acostumbrarse a sumar una práctica más a su espeso listado de costumbres diarias.

Cada vez requiere más aptitudes físicas vivir en la Ciudad de Buenos Aires.