El barro le pinta las rodillas en cada barrida. Se desliza laborioso por el campo, quitando, rechazando y controlando pelotas.

Es el hombre que espera detrás de todos y mira la espalda de sus compañeros; sólo delante del arquero, que cuida su retaguardia.

Se lo llama zaguero, que significa: “el jugador que se coloca detrás en el juego de pelota”. Cuando el defensor central interviene, lo hace para resguardar la valla sin manos. Salvador providencial que se gana los aplausos cuando detiene al delantero que avanza como un tren con el esférico; integra la pared humana erigida en el fondo que impide la ofensiva de los lanzadores que van a la vanguardia. También se gana los insultos cuando arremete con violencia sobre el cuerpo del otro.

Existe un debate futbolístico, harto conocido, que postula básicamente dos maneras de jugar. Muy simplificado, sería el siguiente: por un lado, está el buen trato de pelota, el esquema ofensivo que posiciona en cancha más jugadores de buen pie que eficaces rústicos. Por el otro, se encuentra el estilo “resultadista”, que deja en segundo plano el esteticismo y arbitra cualquier medio para conseguir el fin (o sea, la victoria).

Entre ambos paradigmas hay diferencias cualitativas sobre el rol de los zagueros. En el primero, por supuesto, los defensores no sólo tienen la tarea de rechazar el balón, sino que también contribuyen al armado del juego. En el segundo, el zaguero es la bestia que le pega de punta para arriba.

Más allá de las discusiones, es la última línea el lugar desde el cual comienza a planearse la estrategia del equipo. Es la zona desde la cual se ve toda la cancha. Allí, los caudillos alzan la voz para alertar a los medios y arengar a todos. En el fondo se funda el carácter de la escuadra; se puede medir su temple a partir de la actitud de su defensa.

En los partidos entre amigos, los defensores son los tipos que todos quieren, y por eso son invitados a jugar, pero después son los primeros que terminan a los tortazos por alguna patada lanzada con desmesura.