Alcides soñó muchas veces con un tren y la camiseta de un equipo grande.

Jugador de andar cansino, tranco largo y torpe, defendió toda la vida los mismos colores. Al menos siempre intentó hacerlo, con la honestidad y el empuje de los esforzados, sin talento pero con abnegación.

Con 34 años, Alcides todavía se despertaba con la bocina del tren todas las mañanas. Esa era la señal para ir a entrenar y también el final de un sueño: allí, él mismo se veía saludando desde una ventanilla, ya ubicado en uno de los vagones, esperando la partida de la máquina. Y se iba, para la capital, a jugar en un grande.

Sin embargo, Alcides nunca llegó. Aunque sí tuvo sus 15 minutos de fama: una tarde, hace no muchos años, la consagración descansó en sus manos y se gestó en su cabeza. Se jugaba la final del campeonato regional, el cuadro de toda su vida enfrentaba al vecino del pueblo. Justo. Y Alcides tocó el cielo con las manos durante unos segundos.

La pelota salió por la línea de fondo, el árbitro dio corner. Alcides se encontraba lejos de la jugada, cansado por el trajinar de todo el encuentro. Sin embargo, algo en su mente movilizó sus acalambrados músculos. Como un hombre que ha visto la muerte, de repente Alcides abrió bien grandes los ojos -yo lo vi desde la tribuna- y echó a correr hasta llegar al área. La pelota salió tramposa desde la esquina, con un efecto imprevisible, y fue a parar a la bocha de Alcides, que se elevó hasta tocar las nubes, por sobre el mismo cielo, y le metió un frentazo fulminante. Como encendido, prendido fuego, salió el balón; y nadie pudo desviarlo. Arrasó con todo, con la misma red, y se perdió entre la gente de la tribuna.

La mitad de los presentes estalló en el grito de gol, la otra mitad calló bruscamente.

Alcides se tomaba la cabeza, apretando los dientes, mientras el equipo rival formaba una montaña humana de alegría en un costado de la cancha. Su propio arquero, caído a unos pasos de la red vulnerada, lo miraba sin poder creerlo.