El paddle o padel (en criollo) era el deporte del momento a mediados de los ’80. Mucha gente había decidido volcarse a esa actividad para liberar tensiones.

El boom de la paleta con agujeritos duró hasta bien entrados los ’90. En plena época de la pizza con champagne comenzaron a verse las primeras matas de pasto en el suelo de las canchas de padel abandonadas.

Y si, todo empezó en esa década que parece prehistórica. Un tiempo amigo del mal gusto. Y el deporte no fue la excepción. Los a-tletas debían envolverse con vestimentas de lo más antiestéticas.

En el padel, se convencionalizaban ciertos estilos: las mujeres usaban calzas fucsia y remeras amplias, bien amplias, que escondían la figura, como si toda señora o señorita de aquellos años tuviese complejo de gordura. En la cabeza, sosteniendo los cabellos teñidos, las padelistas se colocaban una vincha fluorescente a lo Sabatini, pero de barrio. Los hombres entraban a jugar con pilchas coloridas y zapatillas blancas que cubrían las medias de algodón. Una década nefasta en cuanto a moda.

En los ’80, este es el punto, poner una cancha de padel era un emprendimiento típico, como lo fueron el parripollo y la rotisería. En cualquier barrio se podían observar los alambrados que resguardaban de intrusos los pisos color verde con rayas blancas.

Como cajas, las canchas se llenaban de todo tipo de especies urbanas: eternos cincuentones deportistas para los que el paso de los años no vedaba la práctica de la paleta sólo porque en la playa la tenían clara (si, con el nene); jóvenes atléticos que se mataban a pelotazos soñando con el profesionalismo, o descargando las ganas de fajarse; niños que eran llevados por sus padres para que no molestaran todo el día en el hogar y se terminaban abriendo el marote con el filo de la paleta. Hasta algunos ancianos se atrevían a jugar al deporte del momento.

El Padel pasó de moda, pero quién no retiene en su memoria la imagen de la cancha verde en algún lugar del barrio.