“Hay, hubo y, lamentablemente habrá intelectuales que dicen que ya no podemos ser profundos. Proponen que seamos complicados. La idea de estos escritores es que si la gente no entiende lo que ellos escriben es porque se trata de la prueba de que lo que escriben vale la pena. Vale la pena en la medida en que la verdad está reducida a una minoría de minorías; una minoría que fue elegida por Dios o por los dioses para disfrutar de esa luz a la que jamás tendrá acceso la plebe, condenada a vivir en tinieblas. Esta es una concepción regionaria y muy divorciada de la vida que está exactamente en el polo opuesto de lo que yo quisiera. Yo creo que las palabras verdaderas son las más sencillas. Yo creo en la luz de la vela. Creo en las cosas más elementales, más simples. Creo que, muchas veces, para reencontrarnos con el pulso verdadero, con la electricidad de la vida, hay que desnudarla, hay que sacarle la ropa inútil que le han puesto los intelectuales para poder disfrazarla, instrumentalizarla y ponerla a su servicio”.