Es un deporte urbano. Andar cruzando de baldosa en baldosa para gambetearlas a ellas, bichos voladores que tomaron la costumbre de caminar las veredas como nosotros, las personas, si nosotros que somos amos y señores de la ciudad y tenemos que saltar no sólo los pozos, los charcos y los regalos del perro del vecino, sino también palomas. Irrespetuosas palomas.

Yo me pregunto si siempre fue así. Digo, esto de convivir con palomas impertinentes, que van ladeándose en su andar corto, mientras suben y bajan la cabecita con ojos inexpresivos que seguro nos miran, pero ya no parecen temernos. Y me respondo que no, que cuando yo era chico, no hace mucho, estas aves sucias por el smog nos tenían miedo, y hasta nos hacían reverencias cuando pasábamos cerca. Bueno, aunque sea se iban volando para dejarnos pasar.

Ahora nada, che, uno es el que tiene que alterar su recorrido por culpa de ellas, y hacer un ejercicio innecesario y arbitrario para no darse la frente contra el piso.

Una falta de respeto, eso me parece.

Me adhiero al que predique la consigna “por la gran matanza de palomas”.  Si, las odio, carajo.