Y cuando Marcial dejó el cuchillo a un lado, sin matarlo, y dijo “defendete” y le cruzó la cara de un cachetazo y se apartó ridículo, imitando a medias la postura del otro, dicen que el cajetilla pareció que iba a bajar los brazos: Palma no lo dejó. Le pegó, como pudo, un puñetazo torpe y volvió a gritarle que se defendiera, y lo insultó. Pero no sonó como un insulto, nadie me supo decir cómo. El cajetilla ya no buscó lucirse: pegó a quebrarlo. Al derrumbarse Marcial, de boca contra el suelo, fue como si al otro un gran peso le aflojara los brazos. Cuando pasó entre la gente y se puso el saco, nadie lo detuvo. Tampoco, cuando guardó el revólver. Lo miraban hacer, nomás. Valeria se animó a tomarlo del brazo: el cajetilla la miró como si le costara reconocerla. Después dijo no. “No, vos no te quedás con el más hombre; vos te quedás con el que gana”, así dijo y la apartó y salió. Parece que alguno, acaso por hacer respetar a la mujer, se le fue de atrás manoteándose la cintura pero una mano lo detuvo: la de Marcial.