El anfibio puede elegir un hábitat intermedio. Una rana, descansando con su cuerpo echado en las aguas pero su cabeza por encima, observando el entorno que la rodea, no necesariamente adhiere a la tercera vía. Se necesita más que la simple división del cuerpo. Entre las analogías posibles, es menester del bicho que escribe referirse al otro lugar, aquel que rompe con la dicotomía tierra-agua, espacio situado entremedio: oxígeno y mezcla, refugio y descanso. Amor. Compañía. Eternidad.

Al cobijo de familia nueva, surgen cataratas de palabras cálidas, miradas expectantes; el nervio de la pasión juega una mala pasada, desestructura sanamente una vida de procesos aprendidos de memoria. Novedad que con el correr de los días deja de serlo, el tercer espacio es el primero elegido, el único al que uno accede por búsqueda, elección y placer.

Se incorpora al historial sentimental el frescor de un aire nuevo, ni agua ni tierra, espacio suspendido que combina ingredientes de ambos ambientes, pero no puede ni debe ser ninguno de ellos. La calma de los látidos, la aceleración del pulso cardíaco, el descanso incomparable en el pecho compañero: es el tercer espacio el hábitat natural en el que vive la compañera del anfibio.

Ella se luce, menea su cadera cómodamente, se pasea de memoria. La atmósfera que la rodea es producto de la creación familiar; los seres consanguíneos que la han criado forjaron este hábitat para sí mismos: un espacio de calor, comodidad, reducto de tantos secretos, amor, fantasmas que se guardan lo que ven y nunca lo dirán.

Allí soy bienvenido y bien tratado, ella y los suyos me han aceptado y han hecho de mis inclinaciones solitarias, que no eran sino impulsos antisociales de temor, un rastro que lleva solo a mi pasado.

Ella ha logrado que cuelgue, en la percha de la prescripción, una vida llena de riscos escarpados, caminos de ripio, y aguas estancadas donde nadaban mis inseguridades. Me he decidido por visitar su paisaje con sonrisas, pozos en las mejillas, café con leche dos veces al día, y la tranquila armonía del sur.

Como un anfibio que ha escogido enredarse en su hermoso pelo suelto, dormir en sus brazos, y respirar a su mismo ritmo: así me defino, ante quien quiera saber de mí.