Distintas partes del cuerpo se desarrollan de manera sobrenatural, tal vez, cuando uno adquiere la rutina de moverse dentro y fuera del agua. Al tiempo, se aprende a subdividir el cerebro y a dividir los días del mes, entre uno y otro hábitat. De repente, no se concibe otra vida que la propia, no se supone otro devenir que el acostumbrado, y ahí es cuando uno se percata de que es un anfibio.

Las aguas son elegidas para transcurrir los días lunes, jueves, y dos fines de semana al mes, salteados. Curiosamente, están arriba, cerca del cielo. No las enfría la noche con sus vientos, no las calienta el verano con sus soles incinerantes de fin de era; es un clima ficticio, elaborado, manipulado por el hombre en aras de cumplir con la necesidad eterna de inventarse un mundo, a su medida y a su nombre. Un mundo abarrotado de objetos inanimados, que confunden la claridad de las aguas e interrumpen la entrada de luz.

Y sin embargo, en las aguas elevadas se mueven mamíferos cuyas extremidades se conforman como aletas. Ellos pueden ser pequeños, como las focas, o gigantes como la ballena. Ni una foca ni una ballena, pese a lo dicho, conviven en estas aguas elevadas donde nado y respiro los lunes, los jueves y dos fines de semana al mes.