Fundamentalmente, se trata de custodiar el arco propio del acecho de los atacantes rivales. Eso habla de cuestiones estratégicas, y simplemente puede instruir en algo al lector ignorante de los fundamentos generales del juego más hermoso de todos.

Pero dice poco de la esencia del fútbol.

Algo más dice sobre las particularidades del juego aquello que mueve a la interpretación, eso que hay que observar sensiblemente; esos componentes invisibles que sólo un observador agudo y plácidamente interesado puede vislumbrar, más allá del correteo de veintidos tipos alrededor de un objeto de deseo: el balón.

Una de las posiciones que contiene los más interesantes aspectos sensibles de ser analizados, es la de defensor central: es el puesto en donde, junto con el arquero, se tiene visión completa del terreno de juego, cualidad importante ya que permite ordenar al equipo propio y guiarlo, llevarlo por donde se muestran los huecos del rival, empujarlo hacia el punto flojo del otro, para lastimar y debilitar, en busca de la victoria.

Un buen zaguero debería ser líder de su equipo, voz de mando y cabeza pensante. Un grupo depende en gran parte de un cerebro agil y astuto, que tenga la virtud de plantear, más que la estrategia a priori, la táctica repentina, intuitiva, de aquel que puede leer los partidos en medio de su transcurso, cuando el viento hace más complicado el mantener los ojos abiertos, el delantero contrario mete los codos, y las pulsaciones exigen sabiduria para que prime el raciocinio sobre la pasión desmedida.

Intentar cumplir ese rol, es el más apasionante desafío que me genera el fútbol.