Apareció sobre el fin de la tarde. Vestía una vieja campera de cuero negro que iba muy bien con su mirar desconfiado, su andar errante y su cuerpo inmenso. Entró al bar y buscó un lugar justo frente a mí. Fue haciéndose camino entre las mesas y los mozos con notoria torpeza, esquivándolos con tan poca idoneidad que se hacía entretenido seguirle el rastro, esperando con malicia el momento en que su cuerpo finalmente se estrellara en el suelo.

Su voluntad terminó por depositarlo en la silla -donde intentó acomodar su voluminoso cuerpo- y enseguida, como un acto reflejo, la costumbre de arreglarse el cuello de la campera y de peinarse con las manos el pelo hacia atrás al mismo tiempo que exhalaba un pequeño soplido de cansancio. Mirarlo me producía un ligero frescor en la garganta, de pastilla de mentol pero también de inquietud, de algo cercano al miedo pero que no lo era totalmente. El tipo no miraba a nadie, se observaba las manos sin levantar la cabeza en un gesto típico de timidez o vergüenza. Mientras tanto, por la ventana iba desapareciendo la tarde.

Yo lo miraba, absorto en su figura y en cada uno de sus movimientos, que eran apenas perceptibles y escasos, pero no para mí, claro. Pidió un café al que le agregó azúcar lentamente a pesar de que sus manos temblaban con ligereza y del paquete se perdía gran cantidad de contenido en la mesa o en el suelo. Desde mi posición conservaba la capacidad de enfocarme en todos sus movimientos y actitudes por fugaces que fueran. El hombre no mostraba sorpresa por nada en especial, pensativo y desinteresado de lo que ocurría en la calle o en el bar.

Desde las tardes de broncas y largos procesos, desde las repeticiones, desde los movimientos en falso (deliberadamente falsos) y las expresiones forzadas; en fin, desde lo más angustiante: las enormes cantidades de tiempo perdido en repeticiones, desde ese entonces yo lo sabía todo y sin embargo mis manos sudaban. Por supuesto que lo último que debía hacer el sujeto era mirarme, ese único acto de atención provocaría inmediatamente la interrupción y el consecuente fracaso de la secuencia que derivaría en el final anunciado, el final sabido que yo aguardaba impacientemente para sorpresa de mí mismo. Comencé a notar un gesto inesperado que se dibujaba repentinamente en su rostro: sus labios temblaban ligeramente. Se advertía más aún cuando sorbía café y de la taza asomaban las gotas de líquido negro, prisioneras que se iban escapando de lo inevitable. Una y otra vez sorbía café y en cada ocasión volcaba líquido en cantidad proporcional al aumento de los temblores que ahora reproducían sus manos y, aunque yo no pudiera saberlo, presentía que también sus piernas.

Fue de pronto como echó todo a perder. Al evitar algunos tramos convencionales se aceleraron los hechos contrariamente a lo recomendado. Extrajo una navaja de su bolsillo y se levantó de la silla, secándose la frente con la mano libre. Caminó con lentitud. Temblando y con paso endeble se dirigió hacia la mesa donde un hombre y una joven conversaban animadamente y una vez frente a ellos concedió una mirada penetrante a la mujer y luego se abalanzó aparatosamente sobre el hombre, que fingía desentendimiento, y le clavó la navaja en el vientre con gran vigor. La escena, tan fugaz y ridícula, propició la carcajada de un hombre que observaba desde su mesa. Resignado y bastante molesto, secándome el sudor con un pañuelo, seguía las acciones con indiferencia cuando no pude evitar sobresaltarme. Los gritos del herido (tan reales) y la sangre que caía al suelo provocaban la sorpresa de todos en el lugar, mientras la víctima sufría y exhalaba un aliento desesperado. Las personas comenzaron a levantarse y al reaccionar escapaban. El agresor, manchado de sangre y con la navaja en la mano, levantó los ojos de su victima y miró fijamente a un tipo que momentos antes se mostraba disconforme con la escena. Ahora se dirigía hacia él con el rostro desquiciado y el arma en la mano. Cuando alcanzó al hombre, el asesino se detuvo -respiró agitado durante unos segundos interminables- y velozmente clavó la navaja en el pecho del mismo hombre que reprobaba su trabajo y lo insultaba una y otra vez. El director cayó desplomado al suelo y se deshizo en su propio charco de sangre, con el cuerpo hirviendo y el corazón invadido por el penetrante dolor que le robaba los últimos latidos.

Apagué la cámara.

- Dale Rengo, apuntale a la cabeza.

- …

- ¡Dale Rengo, levanta el arma y apuntale, cagón!

- ¡Para pelotudo!

- ¿Qué te pasa, si vos aceptaste las reglas del juego?

El Rengo dejó de temblar por un segundo, paró las orejas y pareció comprender algo. Cabeza lo zamarreaba por los hombros, ofuscado. De pronto, alzó el brazo derecho y preparó el arma para finiquitar el asunto. Enfrente suyo, tiritando de espanto, su padre. Los dados habían salido como rayos de su mano y los números habían otorgado una muerte misteriosa al padre del jugador. Asuntos mafiosos tal vez, o quizás deudas de juego; no importaba demasiado. Las reglas estaban hechas para respetarse, de lo contrario el castigo sería mucho mayor. Cabeza lo sabía, también el Rengo, así como todos los miserables que por dinero estaban quemando su mismísimo destino en un juego demencial.

Cabeza, desesperado y sudando un líquido helado que lo hacía temblar, se valió de pronto de una fuerza sobrenatural y arrojó peligrosamente al Rengo hacia adelante. Intentaba robarle la pistola que, desbocado a los pies de su padre, el Rengo se empecinaba en tomar.

- La re mil puta que te parió Rengo -casi suspiró Cabeza agitado- lo vas a tener que matar, porque si no lo hacés, nos matan a toda la familia a vos y a mí, pelotudo.

Cabeza, según estipulaba el artículo número 14 de Reglamento, debía acompañar al participante de su derecha y encargarse de chequear y poder dar testimonio del cumplimiento de la prenda. En este caso, el Rengo había caido en un casillero decisivo: “Su padre muere de muerte no natural”. Claro y escueto. O se ocupaba él mismo del asunto o cualquier ser mortal, lo mismo daba, pero los jueces se encargarían de verificar que todo hubiese salido según lo dispuesto.  

Cansado de miedo y furioso, Cabeza se arrojó sobre el entregado cuerpo del Rengo y le zampó un puñetazo en el rostro. Un gesto excesivo, el hombre que yacía en el seco suelo de tierra estaba acabado desde antes. El agresor tomó el arma y focalizó a la víctima aterrada, deshecha en temblores.

 

En la semana del 7 al 14 de enero de ese año, 1919, el combativo proletariado metalúrgico de Buenos Aires movilizó tras de sí a la clase obrera y la población pobre en una huelga general que paralizó la capital de la República. El origen del movimiento se hallaba mucho menos en la influencia del triunfo de Lenin y Trotsky en Rusia que en la miseria de los trabajadores, que ganaban 90 pesos mensuales, menos de la mitad de lo requerido por la familia obrera. El gobierno radical movilizó a la policía y al Ejército, que en colaboración con las bandas fascistas de la Liga Patriótica, organización financiada por los capitalistas, aplastaron sangrientamente al movimiento. Frente a la fábrica, donde se había iniciado la huelga, un destacamento del ejército ametralla a los obreros. Lo comanda un joven teniente, llamado Juan Domingo Perón.

Ahora que fui distinguido, le pongo onda y armo mi propio ranking con los blogs que me copan:

1) Onda, dos puntos.-: Podrán acusarme de zalamero, lisonjeador, adulador, halagador, pegajoso (gracias por el diccionario de sinónimos, bruja) o de lo que quieran, giles, pero ella es sencillamente la razón por la que comencé a escribir aquí. Me hace reir mucho, sus posts son inteligentes, y tienen el ácido y la mala onda suficiente para encantarme. Además, cuando los escribe para mí me hace OMPF el bobo.

2) Era Gatoreit: Este va segundo porque es la creación de mi queridísimo amigo Gara y su novia Sole. Por una cuestión exclusivamente primitiva no puedo escribirle comentarios (me pide clave, se ve que alguna vez tuve una identidad en blogspot, que se yo) pero paso seguido y leo. Son un poco vagos para actualizar pero los banco.

3) Algunas verdades: Debe ser el primero que leí, me lo pasó Ella cuando todavía nos estábamos tirando palazos por mail (que casi nunca asumía, que tipo pelotudo) y no se animaba a mostrarme el suyo. Recuerdo que en esa época estaba laburando de data-entry y entré en horario laboral. No salí hasta que no terminé de leerlo de principio a fin, incluidas varias relecturas selectivas. Me gustó tanto que mi poco caudalosa memoria registró varias verdades y estuve repitiéndolas por un buen tiempo. Algo pasó, pero no actualizaron nunca más.

4) Desde el galpón: Escrito por pibes de la Carrera, sin pose intelectualoide, con humor. Me genera, por supuesto, empatía con frecuencia.

Como dije, no soy un gran lector de blogs, mi lista por ahora se termina acá.

En esta ocasión me toca hablar desde mi propia voz para agradecer al trastorno de mi hermosa novia por haber premiado a este sucucho que también puede llamarse blog.

Y el premio no es menor ya que me permitirá lanzarme al estrellato y acumular lingotes de oro en el cuarto que comparto con mi hermano. Tendremos que sacar la cama marinera, y por ende también a mi hermano, si es que tiene voluntad de moverse.

Pero las sospechas reinan otra vez: que, claro, la que lo dice es su novia; que además es su única lectora; que siempre se supo que estos premios están corrompidos; que el mundo bloggeril es un chamuyo; etcétera etcétera.

Como todo eso es verdad, y además aún no cazo un fulbo en este ambiente internetero, no puedo más que sentirme orgulloso por el premio, cuyos fundamentos pueden leerse en su bitácora: Onda, dos puntos.-, junto a otros galardones que mi chica otorga a blogs amigos suyos en los cuales también paseo de vez en cuando.

Quedará para otra oportunidad la elaboración de mis premios, por una cuestión esencial: no acostumbro a leer blogs. Por eso, cualquier internauta que tenga la deferencia de entrar a este sitio sería muy amable en comentar y permitirme leer su producción.

Desde ya, agradezco a la Asociación de Brujas que integra la señorita Egocripta por la distinción.

El informe no era malo, claro. El Zorro pensaba lo mismo. Sin embargo, mi sensación era deplorable: habían rebotado mi trabajo y no me animaba a encararla. Mientras el viejo ensayaba con mucho esmero algún consuelo -siempre odié esas manifestaciones de compasión-, algo poco común en un tipo seco como él tan reacio a las demostraciones de afecto, mis pensamientos se perdían en una alarmante certeza. Algo me decía que ella no vendría nunca más al bar de Rosendo.

Varios meses habían pasado desde que, según el Zorro, la chica había entrado por primera vez al lugar y, luego de ubicarse en una mesa detrás nuestro y de cara a la ventana que da a la Avenida San Martín, había ordenado un café con leche. El viejo me dijo una vez al pasar -yo intentaba no ser tan evidente- que ella se situaba en el mismo lugar todos los martes. Tamaña frustración sentí al caer en la cuenta de que hasta aquel día en que descubrí con asombro su preciosa cabellera, yo no había sentido la curiosidad de mirar hacia ese sector del bar.

Mientras reprimía los impulsos asesinos de mis manos, que ansiaban destruir los papeles del informe rechazado, acariciaba su cuerpo con los ojos, dramáticamente. De arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Encendido, procaz, urgente. Con timidez.

Algo -o la intensidad de mi presencia- inquietó a la muchacha, que no levantaba la cabeza, atenta a un libro que apoyaba sobre la mesa. El Zorro ya me molestaba, a pesar de sus emocionantes intentos por levantarme el ánimo, y sólo quería ser de otra manera para tener el coraje de levantarme de mi silla y partir en su búsqueda.

— Ahora. Es ahora o nunca. Ya se va, está apurando la lectura -me daba impulso a mí mismo.

— … lo vió a uno acá, sentado, pálido, conocía lo que se jugaba en ese partido. Pero no se avivó de nada. No te quiero decir que se trata de ser adivino, se trata de… -me decía el viejo.

— Me paro y la tomo de un brazo. Ella se va a dar vuelta disimulando sorpresa y ahí nomás le estampo un beso en la boca -pensaba, atrevido.

— … intuir que algo va a pasar e ir a buscarlo para tener algo que vivir y que contarle a otros. Como regla general de vida, no solo para el periodismo -continuaba la exhortación del Zorro. La chica tomó sus cosas de pronto y se marchó. Había dejado el dinero debajo del platillo del café. Casi me descompongo del susto.

— No entendés lo que quiero decir -masculló el viejo ante mi silencio de terror. Ella salía por la puerta. Cuando pasó junto a la ventana, me lanzó una mirada entre triste y desaprobatoria.

— No – contesté resignado.

— Ya vas a entender -sentenció el Zorro.

— La puta que te parío -lo insulté, rabioso, por dentro.

Había tomado la costumbre de regocijarme siguiendo lentamente con la mirada la brillante y larga -hermosa- cabellera de tono castaño que caía sensualmente por la espalda de la chica de la otra mesa que, sentada de espaldas al grupo de los martes, tomaba su café lentamente. Trataba de ser disimulado, observar con sagacidad, pero lo cierto es que la mayoría de las veces la dama en cuestión me atrapaba en pleno regodeo.

Por el vidrio de la ventana, de frente a su vanguardia, ella espiaba nuestras conversaciones. Eso lo descubrí mucho tiempo después, y todavía hoy no sé cuanto mérito llevo y cuanto me ayudaron a entender. Comprenderlo todo, porque yo si de algo estaba seguro era que ella no me miraba a mí. Quiero decir, ella debería estar prestando atención a cualquier detalle marginal, como el saco viejo del Zorro, la extraña manera de elaborar sus historias o al Zorro mismo, que aunque entrado en años todavía conservaba dejos de seductor en su voz cautivante. Es que ella se me hacía tan lejana, tan para otro: sus manos suaves y frágiles, donde yo me perdía; su piel blanca; su nuca desnuda, sólo cuando me homenajeaba en silencio; su seriedad. Y lo que más me aterraba: su mirada, sus ojos direccionados hacia mí.

— No lo creo -me decía a mí mismo mientras el viejo monopolizaba la palabra- ella no me está mirando.

— Pibe… che, pibe -me despertaba el chaqueño-. ¿Qué te traigo, lo mismo de siempre?

— Eeeeh, si. Si, si, claro chaqueño.

Pensaba que en ese momento ella estaría escondiendo una mueca, atorando una risita cínica.

Con expresión de disgusto, estiraba las puntas de las hojas manchadas de mate y marcadas de tabaco. El Zorro miraba por la ventana y sorbía con afectación de gentil hombre su vaso de whisky, pétreo, inalcanzable, aburrido y, curiosamente, conmovedor.

La voz, rasposa y clara, se quejó:

- No puedo creer que no me lo aceptaran.

Silencio.

- No era un mal informe.

Silencio.

- ¿No?

El Zorro se volteó a mirarlo.

- ¿Y entonces? – preguntó, con vaso de whisky vacio girando cansadamente en su mano izquierda.

- ¿Por qué lo desaprobaron?

- Son cosas que pasan. Si querés seguridades, elegiste mal tu profesión – dijo, mientras se acodaba en el respaldo de la silla y volvía, imperturbable, los ojos a la ventana. La chica se sobresaltó y estiró su mano hacia la cartera, en un ademán inconcluso cuando nadie se levantó de la mesa.

Él pensó que esas eran sus últimas palabras, y, sin alegría, chistó al arrancar la punta de una de las hojas.

- Sos bueno, pibe. Muy bueno. Tenés talento, y algo que quiere expresarse a través de vos. Creo que vas a triunfar donde otros fracasamos. Pero tampoco te creas un genio por eso. Te falta ejercitar algo fundamental, todavía – barbotó – ¿Te acordás la historia que me trajiste la semana pasada? ¿La de los hermanos Devaca? Éste – y señaló con desprecio con la cabeza al Gallego, que repasaba las tazas con un trapo dudosamente limpio – lo vió a uno acá, sentado, pálido, conocía lo que se jugaba en ese partido. Pero no se avivó de nada. No te quiero decir que se trata de ser adivino, se trata de intuir que algo va a pasar e ir a buscarlo para tener algo que vivir y que contarle a otros. Como regla general de vida, no solo para el periodismo.

Ahora el callado era el otro.

- No entendés lo que quiero decir.

- No – confesó.

- Ya vas a entender.-

Escrito por Ella. Publicado acá.

Nadie sabe precisar en qué momento apareció en el bar la chica esta. A nadie le importaba mucho, tampoco. Aún cuando elegía el mismísimo día en el que todos se reunían debajo y alrededor del periodista, solía sentarse de espaldas a ellos, frente a la ventana que daba a la mal llamada Avenida San Martín, con el mp3 firmemente calado murmurándole en las orejas y los ojos marrones clavados en el vidrio. Siempre pedía lo mismo y siempre fumaba de la misma marca. Demoraba la taza en el platillo y el pago y se iba apenas minutos antes que el corrillo de hombres de la mesa del medio se disolviera, con un apuro repentino.

El Gallego, un tipo genéricamente gordo y aburrido, curioseaba de una mesa a la otra detrás del aislamiento seguro del mostrador. La pregunta que se hacía era cómo el Zorro, por lo habitual parco, se permitía no solo una ligera sonrisita de compasión cuando la chica entraba, sino que también había cambiado su lugar habitual en la mesa.

Lo que Zorro sí notaba y el Gallego no, claro, eran los ojos arrobados de la piba que espiaba por el reflejo del vidrio al novato.-

Escrito por Ella. Publicado acá.

El Zorro me esperaba en la mesa de siempre. Miraba por la ventana, absorto en algún pensamiento, con el vaso de whisky casi vacío junto a su mano derecha. La calle estaba intransitable; un viento helado se metía dentro de mi boca hasta congelarme las muelas. Llevaba el periódico que había prometido mostrarle al Zorro.

— Acá está, me costó muchísimo trabajo pero pude encontrarlo en el archivo del diario y saqué una copia -dije cuando estuve frente al viejo, que observaba el papel con una curiosidad casi infantil.

— La crónica del partido entre los hermanos Devaca, no puede ser -finalmente se sorprendió el veterano periodista.

— Esos pibes terminaron mal. Me acuerdo que antes del partido, el mayor estuvo tomando algo acá. Se sentó en aquella mesa -señaló Rosendo, que escuchaba nuestra conversación acodado en el mostrador-. Tenía la cara tan pálida que me asustó.

 — Dejame que te lea esta parte, Zorro –retomé cuando el gallego se metió en la cocina-. Es el fragmento más importante: “El encuentro, igualado en cero, moría con la tarde. El árbitro, de pronto, marcó una falta muy cerca del área de Juventud, que con el empate podía coronarse. Eugenio, infalible pateador, tomó el balón y lo acomodó en el sitio marcado por el juez. Su hermano, Tomás, armaba la barrera, conocedor más que nadie de la precisión del mayor de los Devaca, que siempre elegía el primer palo para colocar el esférico. El delantero de Villa Diamante necesitaba un gol para convertirse en el máximo artillero de la historia del club; el menor debía evitar el tanto para elevar a su equipo a la gloria del campeonato. El reloj marcaba el tiempo cumplido. Eugenio tiró suave al primer palo, por sobre la barrera. El balón voló lentamente, como un pase que su hermano podría detener con un soplido. Sin embargo, Tomás eligió el otro palo: sin sutilezas dejó el arco libre para que su hermano llegara al record. Eugenio, no obstante, estaba decidido a no marcar el tanto. La pelota bajó detrás del muro humano y su recorrido murió precozmente. Ambos evitaron condenar al otro. El Puma Madoni, que corrió en busca del balón y vulneró el arco, sepultó a los dos.”

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