un mono en la redacción


— Zorro, me asignaron una tarea nueva, tengo que reconstruir la historia de Juventud -largué por fin. El viejo observaba con curiosidad casi científica los hielos que se extinguían en el fondo del vaso-. Me estoy volviendo loco, en los archivos de la biblioteca encontré muy poco.

El gallego, absorto en las tareas de la cocina, acomodaba unas copas recién lavadas.

— Mirá -respondió luego de un tiempo largo el Zorro- los libros son el paso obligado a la hora de escribir sobre el pasado; no los desestimes aunque la tarea no sea sencilla. Pero en mi opinión, sería cuanto más rico y saludable que buscaras en la historia viviente. ¿Entendés?

Otra vez el ruido de las vajillas me sacó del tema.

El Zorro supuso que no había comprendido y se largó a parlotear; lo dejé porque sé cuanto le agrada hacerlo. Comenzó por hablar de algunas corrientes historiográficas que, a su juicio, toman la historia como algo muerto, materia de museos. Y contrapuso a éstas otras vertientes, una principalmente que dijo “parte del presente para abrirse paso en el pasado, y así desentrañar algunas cuestiones que se vuelven explicables dentro de un contexto”. Me regodeaba escuchando sus disquisiciones, desde pequeño había sufrido la falta de una referencia paterna y el viejo era lo más próximo a un padre para mí. Ahora pienso que es triste no habérselo dicho nunca.

Luego de un momento, a pesar del embelesamiento provocado por su retórica, me vi en la obligación de cercar sus anchas observaciones para restringir sus consejos al tema que me andaba preocupando, uno concreto y misterioso.

— Zorro, me llamó la atención que en todos los archivos consultados falta la campaña del ‘73 -pisé las palabras del compañero de mesa-. Es como si ese año no hubiese existido para el club. En un principio pensé que esto se debía a un error, hipótesis que se evaporó de inmediato. Las dudas me carcomían intensamente la cabeza y seguí buscando hasta llegar a una revista deportiva que se publicó por estos pagos durante esa época, la cual me demostró que el torneo regional no interrumpió su normal desarrollo esa temporada. Es muy extraño.

— Ah, si. Si, si… -musitó el Zorro, con la actitud del que se despabila del sueño profundo por un fuerte sonido-. El equipo del ‘73. Bien pibe, eso nos lleva al comienzo, cuando yo te explicaba eso de buscar la historia viviente. Es un tema apasionante, turbio, dramático, nene -se entusiasmó el viejo. Finalmente, el gallego soltó los utensilios y traspasó el mostrador por primera vez en la tarde, para sentarse junto a nosotros. Hacía mucho que Rosendo no mostraba exaltación o siquiera interés por algo.

— Vos conocés, estás al tanto de lo que pasaba en ese entonces -prosiguió el relator-. Los tiempos no estaban fáciles, tampoco lo están ahora, pero digamos que en ese momento estaban peor. Para qué te voy a explicar, si estarás bien informado.

— Zorro, el pibe no es un gilipollas -se ofuscó graciosamente Rosendo, que causaba la risa de los parroquianos por su mezcla del español con el lunfardo-. Déjate de preludios innecesarios y vete al grano.

El viejo periodista alzó una ceja con desprecio, dirigió su mirada al gallego y respondió ágil, con un chiste que remató con un insulto cariñoso. Luego siguió con su oratoria:

— Nunca se supo que pasó. El colectivo que los llevaba a Lihué apareció en una zona de vegetación abundante, cerca de un arroyo. Al parecer, el conductor perdió el control del vehículo, que desbarrancó en ese punto del camino al pueblo vecino. En ese equipo había grandes glorias: el Tanque Ponzoni, el Abrojo Siacqualuga, el Nene Viteri. ¿Nunca oíste hablar de esos muchachos, pibe? -me preguntó el viejo, abriendo los ojos hasta más no poder. Me sentí intimidado.

— ¡El Tanque, que fenómeno! -exageró Beto Cortina, el mozo de la tarde, que escuchaba apoyado en una columna-. No lo querían enfrentar los arqueros, les perforaba las manos.

Un par de personas que conversaban en una mesa alejada se sobresaltaron al escuchar a Beto.

— El Nene era el distinto de ese equipo -discrepó el gallego tontamente.

— ¿Y por qué ese equipo no aparece en los diarios y revistas? Juventud no figura en la tabla del Regional 1972/73 -espeté con preocupación.

— Porque ese campeonato Juventud no lo jugó -largó el Zorro con pesadez-. Te dije que apareció el colectivo. Lo que no te dije es que adentro no había nadie, faltaba todo el plantel. Y en el interior del micro no se encontraron rastros humanos, es decir: no había sangre, ni partes de cuerpos, nada. Todo en perfecto orden, los bolsos con la indumentaria, las pertenencias de los jugadores, incluso las carpetas que llevaba el cuerpo técnico y algunas porquerías que el conductor guardaba en su bolso de viaje. Todo intacto, ni siquiera había desorden. El vehículo apareció prolijamente estacionado. Como si hubiesen sido chupados.

Estaba fuera de mí, metido en la narración, todos mis sentidos vivían la historia que el Zorro contaba. Cuando concluyó su relato, demoré unos segundos en aislarme del clima de la anécdota, impávido por lo que había escuchado. El silencio en la mesa era sepulcral. Nadie se atrevía a pronunciar palabra, siquiera a moverse.

— Tengo que entrevistar a los familiares, es una historia fascinante que debe ser difundida –me envalentoné por fin.

— No hay familiares, pibe -cacheteó mis anhelos el viejo-. De un día para el otro, ya no estaban. Por lo menos en el pueblo, no están y nadie por aquí sabe nada de ellos.

Nos quedamos en silencio un buen rato, hasta que el Zorro pidió otro whisky. Cortina apareció con la botella y sirvió torpemente. Rosendo volvió a sus labores rutinarias. El viejo eligió mirar melancólicamente por la ventana el sol que caía.

El Zorro me esperaba en la mesa de siempre. Miraba por la ventana, absorto en algún pensamiento, con el vaso de whisky casi vacío junto a su mano derecha. La calle estaba intransitable; un viento helado se metía dentro de mi boca hasta congelarme las muelas. Llevaba el periódico que había prometido mostrarle al Zorro.

— Acá está, me costó muchísimo trabajo pero pude encontrarlo en el archivo del diario y saqué una copia -dije cuando estuve frente al viejo, que observaba el papel con una curiosidad casi infantil.

— La crónica del partido entre los hermanos Devaca, no puede ser -finalmente se sorprendió el veterano periodista.

— Esos pibes terminaron mal. Me acuerdo que antes del partido, el mayor estuvo tomando algo acá. Se sentó en aquella mesa -señaló Rosendo, que escuchaba nuestra conversación acodado en el mostrador-. Tenía la cara tan pálida que me asustó.

 — Dejame que te lea esta parte, Zorro –retomé cuando el gallego se metió en la cocina-. Es el fragmento más importante: “El encuentro, igualado en cero, moría con la tarde. El árbitro, de pronto, marcó una falta muy cerca del área de Juventud, que con el empate podía coronarse. Eugenio, infalible pateador, tomó el balón y lo acomodó en el sitio marcado por el juez. Su hermano, Tomás, armaba la barrera, conocedor más que nadie de la precisión del mayor de los Devaca, que siempre elegía el primer palo para colocar el esférico. El delantero de Villa Diamante necesitaba un gol para convertirse en el máximo artillero de la historia del club; el menor debía evitar el tanto para elevar a su equipo a la gloria del campeonato. El reloj marcaba el tiempo cumplido. Eugenio tiró suave al primer palo, por sobre la barrera. El balón voló lentamente, como un pase que su hermano podría detener con un soplido. Sin embargo, Tomás eligió el otro palo: sin sutilezas dejó el arco libre para que su hermano llegara al record. Eugenio, no obstante, estaba decidido a no marcar el tanto. La pelota bajó detrás del muro humano y su recorrido murió precozmente. Ambos evitaron condenar al otro. El Puma Madoni, que corrió en busca del balón y vulneró el arco, sepultó a los dos.”

Regresé al bar del gallego Rosendo después de tres semanas. Cuando entré, en nuestra mesa estaba el Zorro, como siempre, pero esta vez hablaba con un ser desconocido. Saludé y me ubiqué en el mismo lugar que ocupaba todos los martes. El viejo me presentó al ocasional invitado: era el Fantasma Suárez, ex lateral derecho del Deportivo Barco Viejo, el equipo más importante del pueblo vecino. El Zorro, fiel a su trabajo de periodista, entrevistaba a Suárez con la concentración de sus viejos tiempos.

— La prensa y los hinchas nunca reconocieron la importancia de mi trabajo para el equipo –comentaba Suárez, circunspecto-. Cuantas veces habré despertado la admiración de mis compañeros, que sabían ver otras cosas. Aún así, la hinchada nunca me dedicó ni un insulto, ni siquiera el día que no encontraba la pelota.

— ¿Cómo fue eso, Fantasma? –preguntó el Zorro, intrigado.

— Faltaba menos de un minuto para que terminara el partido contra Defensores del Puerto. Teníamos que hacer un gol para clasificar a la segunda ronda. Yo iba trotando junto a la línea y no escuché a Miguel, que me pedía el balón para hacer un lateral. La gente, desde atrás del alambrado, me gritaba y señalaba el rincón donde estaba la pelota. Pasó tanto tiempo que un rival se la alcanzó al cuatro nuestro para que sacara. ¡Como me puteaban mis compañeros! Sacó Miguel y terminó el partido… Nos quedamos afuera justo contra Defe, nuestro clásico rival, pero ni en ese momento la gente se enojó conmigo. Es que yo era un tipo abnegado: trotaba, corría, saltaba, me tiraba al suelo. Me mataba, sin descanso. Recuerdo el desencanto que sentía cada vez que el árbitro daba por finalizado el partido. Entonces dejaba de trotar, me ponía el buzo y regresaba al banco de suplentes. Un compañero de equipo, Pachorra Godoy, me esperaba con una botella de agua y me decía: “dale Suárez, no podés estar cansado, si no jugaste ni un minuto”. Me ponía furioso el gordo. Yo siempre estaba del lado de afuera de la línea, pero no era un vago como él.

El Zorro se quedó mudo, sin saber que decir, y se pidió otro whisky. Mientras bebía, apreciaba la caída del sol por la ventana.

La tarde, ventosa y helada, me invitaba a refugiarme en el bar de Rosendo. Adentro, el Zorro aguardaba enquistado en la misma silla de siempre. Cuando entré al viejo se le iluminaron los ojos, que hasta ese momento se perdían en algún punto fijo del horizonte.

— Pibe, al fin llegaste. Escuchá esta historia, no creo que la conozcas porque sucedió hace mucho tiempo -me recibió el Zorro. Dejé el abrigo en el respaldo de la silla y me dediqué a prestarle atención al viejo.

— Una vez, en cancha de Villa Diamante, jugaban el local y Juventud. Era uno de los primeros clásicos de la historia . Yo era muy joven y trabajaba para el diario local -El viejo hizo una larga pausa y se puso a jugar con los hielos del vaso de whisky. Luego, se dio ánimos con un trago largo y continuó-. Bueno, en aquel entonces en Diamante jugaba un zurdito que era muy habilidoso, imparable, pero también muy jodón. Andaba siempre de baile en baile, se metía en los boliches más oscuros, y se levantaba en la cama de cualquier mujer de la noche.

— El famoso Turco Sukor -acoté con seguridad.

— Exacto -continuó el Zorro-. Yo estaba muy cerca del palco oficial, junto a otros periodistas. El partido estaba 3 – 0 a favor de los locales. El Turco había anotado dos y se paseaba con la pelota en sus pies por toda la cancha; nadie podía quitársela. Juventud, con uno menos por un intento del central Cevallos de amputarle una pierna al zurdo, pasaba vergüenza. Resulta que en un momento el Turco empezó a gambetear a sus propios compañeros. Algunos decían que estaba borracho, otros opinaban que como le sobraba categoría, se aburría. Yo no podía creer lo que estaban viendo mis ojos. El pibe iba de acá para allá con la pelota en los pies mientras diecinueve hombres en pantalones cortos intentaban atraparlo. Durante diez o quince minutos, el partido se convirtió en otra cosa, un espectáculo circense. En las tribunas todos reían, hinchas locales y visitantes. Hasta que, de pronto, el comisario Maldoni, que presenciaba el partido muy cerca mio, sacó su pistola y apuntó directo a la rodilla derecha del Turco. El zurdo nunca más volvió a maravillar al público en un campo de juego -el viejo terminó el whisky y pidió la cuenta.

Estábamos sentados en la misma mesa de siempre, en el bar del gallego Rosendo. Esta vez nos acompañaba el Cóndor Ramírez, ex zaguero central de Juventud. Afuera, el viento formaba remolinos de hojas secas. Miré con placidez por la ventana, pensando que en la calidez del lugar se estaba a gusto. Nadie hablaba, parecía que la reunión moría con la tarde.

— Esta historia seguro que no la conocen -se escuchó emerger, de pronto, la voz rasposa del Zorro-. Cóndor, ¿te acordás del Rulo Varela? -prosiguió el viejo, mientras hacía sonar los hielos a medio derretir en su vaso de whisky vacío. El mozo entendía la señal, y al poco tiempo aparecía con la botella y un vaso con cubitos nuevos.

— Como no me voy a acordar de ese turro -respondió el Cóndor, que siempre masticaba un escarbadientes como con bronca-. Si me hubiera dejado patear a mí, éramos campeones del regional -concluyó con gesto adusto.

— Escuchame querido, el Rulo no fue para atrás en esa final -reaccionó el Zorro, y tragó medio vaso de un sorbo.

— ¿De qué carajo me estás hablando, si después que erró el penal se empezó a reír como loco? Parecía un enajenado el malparido  -escupió el Cóndor, furioso. Luego se puso a mirar para afuera.

— Es que sucedió algo -el viejo se frotaba las manos para darse calor-. El Rulo, poco tiempo atrás, había encontrado a su mujer en la cama con el Conejo Rentera. Se la tenía jurada.

— ¿El Conejo Rentera no era el arquero de Villa Diamante?, -intervine tímidamente.

— Claro pibe -asintió el Zorro-. Adiviná contra quién jugaba la final Juventud.

— Cuando fui a buscar la pelota, para acomodarla en el punto del penal, Varela vino disparado y me la sacó de las manos -recordó Ramírez, más tranquilo-. Como lo vi tan convencido, ni me puse a discutir. Además, él le pegaba muy bien.

— Claro, Cóndor. El Rulo tenía enfrente al tipo que había desprestigiado su honor. Por eso, buscó fusilarlo, apuntó directo a su cabeza. Nunca más vi un zapatazo tan fuerte; el Conejo no reaccionó, la pelota le rompió la nariz y le bajó un diente -aclaró el Zorro. Luego, terminó su bebida y se despidió. Ramírez me miraba, incrédulo. Afuera, la noche ocultaba el pueblo.

 

En el pueblo decían que el Vasco Otegui era como el viento Zonda, porque cuando escapaba en velocidad levantaba polvo, y los rivales, con los ojos resecos, se perdían en la nube terrosa. Además, lucía una pegada memorable, que perforaba redes.

Pero el delantero de Juventud no era un tipo dócil; costaba manejarlo. Tantos años en el club, y esa idolatría que ostentaba, bastaban para que los entrenadores decidieran optar entre el paso al costado o la sumisión a sus caprichos y preferencias tácticas.

Por eso, un viento helado recorrió mi espalda cuando escuché, en esa sucia mesa del bar del gallego Rosendo, que el Vasco se había doblegado ante la presión de la barra de Juventud. El Zorro, viejo periodista, lo contó mientras se tomaba un whisky. Según sus palabras, el Chueco Sosa, líder de la hinchada, citó a Otegui una tarde. Inmenso, lo esperaba en su casilla. Bajo un techo de chapas que se balanceaban peligrosamente, sobornó al Vasco para que Juventud se dejara ganar el partido ante Villa Diamante.

El Zorro me aseguró que era un arreglo entre ambos clubes para que los de Diamante no descendieran de categoría.

— Si, pibe, ya sé lo que estás pensando –me sorprendió el viejo, y continuó. Ese partido terminó en victoria de Juventud 1 a 0 con un zapatazo del Vasco al ángulo.

Ahora me costaba seguir el hilo del relato. Pero el Zorro desenredó el nudo argumental:

— El Vasco -dijo- nunca quiso hacer ese gol. Él me lo confesó. A pesar de su duro carácter, estaba más apichonado que nene perdido en la playa -ironizó, y soltó una risa tenue-. El problema es que la bola quedó picando cerca del área y el tipo no pudo con su instinto, porque eso pasaba con el Vasco, era impulso puro, no pensaba el juego. Lo que sí recordarás -dijo el viejo abriendo los ojos y clavándolos en los míos, amenazante-, es que ese fue el último partido del Vasco en Juventud. Luego de tremenda traición, el tipo desapareció del mundo -concluyó y se detuvo bruscamente. Luego suspiró pensativo y pidió la cuenta. Afuera anochecía.

Mi obsesión por relacionar cualquier hecho de la vida cotidiana con la práctica de un ejercicio (sostengo la teoría de que en la vía pública sobrevive sólo el más apto para realizar tareas físicas) me hizo posar la mirada en las condiciones en las que viajan los ciudadanos que transitan, en tren, el trayecto que liga el sur del conurbano con la Ciudad de Buenos Aires.

En los momentos de mayor concentración de gente dentro de los coches de la línea Roca se puede distinguir una llamativa práctica que desarrollan los pasajeros que se aventuran en la travesía sobre rieles.

Me volqué de lleno al trabajo de campo y logré sistematizar la experiencia. A continuación detallo, paso por paso, el extravagante acto popular. Primero, la máquina se detiene en una de las tantas estaciones. Antes de abrirse sus puertas, los transeúntes que aguardan para entrar ya se han amontonado a su alrededor. Las puertas finalmente ceden y los pasajeros que se disponen a descender del vehículo salen de los vagones como pueden, obligados a nadar entre los cuerpos de la gente apostada junto al tren. Una vez que el camino está despejado, la muchedumbre ingresa en los vagones, chocándose entre sí en el apuro por lograr el ascenso. Hasta aquí, la situación es medianamente normal. Sin embargo, falta lo mejor: los últimos sujetos que buscan conquistar un mínimo espacio en el tren -que ya se encuentra abarrotado de gente- comienzan a comprimir, literalmente, a los pasajeros que han logrado hacerse un lugar.

Desde afuera, hombres y mujeres estiran sus brazos y empujan a la masa jadeante de seres humanos que llena el tren.

La primera vez que presencié -y sufrí- esta situación quedé perturbado. No tanto por las miserables condiciones de viaje que deben soportarse en el transporte público, sino más bien porque todos los pasajeros viven con naturalidad esta circunstancia. Luego, encontré un video (http://youtube.com/watch?v=D6PT4Pviez4) y calmé toda mi indignación. Después de todo, si uno de los países más avanzados del mundo legitima esta práctica desde el poder, todavía puede ser peor.

En la Ciudad de Buenos Aires todo el mundo hace ejercicio. Alguien pensará que los habitantes de los grandes conglomerados de seres humanos poseen un avezado interés por la salud física. Es poco probable que así sea. En realidad, el ciudadano medio debe poseer ciertas aptitudes atléticas que le permitan adaptarse a condiciones rigurosas de vida. No es una elección por lo sano: en la metrópoli porteña, la gimnasia es una condición para la supervivencia.

Por eso, toda circunstancia que se observa en la vía pública podría analizarse con la lógica de la evolución de las especies que tan magistralmente pensó Charles Darwin. Sin profundizar en la teoría de la evolución por selección natural que el biólogo británico planteó en el siglo XIX, cualquier persona con interés por reflexionar sobre sucesos cotidianos se vería tentada en aplicar la idea darwiniana a un acontecimiento diario de la vida urbana contemporánea que sucede cada muy pocos minutos, desde la mañana hasta la noche, debajo de la tierra: la carrera por alcanzar la escalera mecánica del subte.

Es curioso, se supone que éste es un invento para dos clases de personas: los holgazanes que no quieren hacer el esfuerzo –tedioso- de subir peldaño a peldaño, y las personas que sufren algún problema físico. Sin embargo, cada vez que el tren subterráneo se detiene en una estación, la mayor parte de los pasajeros que egresan se lanzan a una corrida sin descanso por llegar antes a la escalera mecánica. Y son los más rápidos, claro, los primeros en abordar los peldaños móviles.

¿Cuál es el sentido de esta acción?, ¿hacer el gasto de energía en el trayecto para luego descansar en un escalón móvil?, ¿llegar primero a la escalera? Varias veces me encontré a mí mismo compitiendo con algún joven oficinista trajeado o ciertas señoras mayores que luego de tomarse un analgésico proceden a partirse todos los huesos de las piernas en el afán de adelantarse al resto. El que se demore en la llegada será víctima del atropello general. De ahí se infiere que sólo pueden adaptarse los corredores más capaces.

Es un deporte urbano. Saltar de baldosa en baldosa para gambetear a los bichos voladores que tomaron la costumbre de caminar las veredas como nosotros, amos y señores de la ciudad. Entonces, tenemos que esquivar no sólo los pozos, los charcos y la basura que tira el vecino, sino también palomas.

Irrespetuosas palomas de ciudad.

Yo me pregunto si siempre fue así esto de convivir con aves molestas que van ladeándose en su andar corto, mientras suben y bajan la cabecita con ojos inexpresivos como botones que seguro nos miran, pero ya no parecen temernos. Y me respondo que cuando yo era chico estas aves sucias por el smog nos tenían miedo y se corrían para dejarnos pasar. Las pocas que se arriesgaban a bajar al asfalto poseían las virtudes de la atención y la reacción instantáneas, con lo cual rara vez sucumbía una compañera paloma bajo las ruedas de un colectivo.

En aquel tiempo, de algún modo, yo las admiraba. Cuando me subía al 168 me abocaba a la tarea de campo como un investigador apasionado: desde la ventanilla, miraba hacia el suelo en busca de estos cotidianos animalitos para sorprenderme cada vez ante su agilidad y timming para adivinar el momento indicado y escapar de las ruedas asesinas. En el instante exacto en que el automóvil iba a pisarlas, ellas aleteaban apenas lo necesario para hacerse a un lado y seguir picoteando el asfalto. Una acción que tenía mucho de acto reflejo, instintivo y habitual. Muy semejante al salto de obstáculos que se practica en algunas carreras.

Ahora es otra historia. Pasé del amor al odio. Ellas nos perdieron el respeto y uno es el que tiene que alterar el recorrido por culpa suya y hacer un ejercicio excesivo para no darse la cabeza contra el piso o arremeter de frente contra la señora de tapado que viene por la izquierda.

Por ello, el transeúnte porteño debe acostumbrarse a sumar una práctica más a su espeso listado de costumbres diarias.

Cada vez requiere más aptitudes físicas vivir en la Ciudad de Buenos Aires.

El barro le pinta las rodillas en cada barrida. Se desliza laborioso por el campo, quitando, rechazando y controlando pelotas.

Es el hombre que espera detrás de todos y mira la espalda de sus compañeros; sólo delante del arquero, que cuida su retaguardia.

Se lo llama zaguero, que significa: “el jugador que se coloca detrás en el juego de pelota”. Cuando el defensor central interviene, lo hace para resguardar la valla sin manos. Salvador providencial que se gana los aplausos cuando detiene al delantero que avanza como un tren con el esférico; integra la pared humana erigida en el fondo que impide la ofensiva de los lanzadores que van a la vanguardia. También se gana los insultos cuando arremete con violencia sobre el cuerpo del otro.

Existe un debate futbolístico, harto conocido, que postula básicamente dos maneras de jugar. Muy simplificado, sería el siguiente: por un lado, está el buen trato de pelota, el esquema ofensivo que posiciona en cancha más jugadores de buen pie que eficaces rústicos. Por el otro, se encuentra el estilo “resultadista”, que deja en segundo plano el esteticismo y arbitra cualquier medio para conseguir el fin (o sea, la victoria).

Entre ambos paradigmas hay diferencias cualitativas sobre el rol de los zagueros. En el primero, por supuesto, los defensores no sólo tienen la tarea de rechazar el balón, sino que también contribuyen al armado del juego. En el segundo, el zaguero es la bestia que le pega de punta para arriba.

Más allá de las discusiones, es la última línea el lugar desde el cual comienza a planearse la estrategia del equipo. Es la zona desde la cual se ve toda la cancha. Allí, los caudillos alzan la voz para alertar a los medios y arengar a todos. En el fondo se funda el carácter de la escuadra; se puede medir su temple a partir de la actitud de su defensa.

En los partidos entre amigos, los defensores son los tipos que todos quieren, y por eso son invitados a jugar, pero después son los primeros que terminan a los tortazos por alguna patada lanzada con desmesura.

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