Junio 2008


- ¿Cómo llegaste aquí? -preguntó al polaco.

Sus ojos oscuros se detuvieron en un punto indefinido.

- Yo ya no podía jugar en Polonia -dijo.

- ¿Por qué?

- Digamos, yo ya no quería jugar más al fútbol.

- ¿Estabas cansado?

- No, no era eso.

Seller consideró cauto no apresurarse con las preguntas. De todos modos adivinaba en Obdan a un hombre con necesidad de contar.

- No era eso -endureció su gesto el polaco-. Me había ocurrido algo muy desagradable.

Seller permaneció en silencio, un silencio que en sí mismo era un interrogante.

- Quebré a mi hermano -sintetizó Obdan, quedamente.

- ¿Jugando?

Obdan asintió con la cabeza.

- ¿Un accidente?

- No, no precisamente…

- Es que a veces, en el ardor del juego… -atemperó Seller.

- No, no -musitó Obdan-. No, aún hoy, a veces, trato de disculparme, de pensar que si bien no fue accidental, me cegó un poco el nerviosismo. El odio. Pero no hay disculpa. No hay disculpa. Fue una cosa miserable. Atroz.

El polaco se mordió los labios, Seller, simplemente, lo miraba.

- Fue una triple fractura -dijo Obdan.

- ¿Con desplazamiento?

- Si. El partido fue un Lodz y tuvimos que desplazarnos hasta Kielce para internar a Sergei.

Obdan se había sentado en la cama y sus dedos jugueteaban distraídamente con los pliegues de las sábanas.

- ¿Se repuso? -preguntó Seller.

- En  verdad, bueno… Best…, no me resulta demasiado fácil hablar de esto.

- Puede que te haga bien.

- No. No se repuso -admitió el polaco con un suspiro-. La tibia estaba partida en dos lugares, el peroné en cuatro o cinco. Cuando lo sacaron en camilla la pierna hacía un ruido similar al de un cubilete lleno de dados. Quedó imposibilitado de trabajar para toda la vida.

- ¿Hacía algo más, fuera del fútbol?

- Sí. Tú sabes que en Polonia casi todos tenemos otro trabajo además del fútbol. Hay muchos estudiantes incluso. Sergei era pianista. Un eximio pianista.

- ¿Y qué le impidió seguir tocando? -se asombró Seller.

- Es que yo -el tono de voz del polaco pareció disminuir- tras golpearlo, al levantarme le pisé la mano. Le quebré dos dedos de la mano derecha.

- Entiendo.

- Tampoco llegó nunca a recobrar bien la movilidad en esos dedos. Era muy buen pianista. Ahora está en la ruina.

- No te culpes -procuró reconfortarlo Seller-. Son cosas del fútbol. Todo aquel que entra a la cancha sabe que puede sucederle eso. Por otra parte, en ese momento, Sergei no era tu hermano, era solamente un jugador del equipo rival. Un rival, en definitiva.

Obdan quedó en silencio. Seller pensó que allí había terminado su confesión.

- Es que jugábamos en el mismo equipo -agregó sin embargo el polaco.

- ¿En el mismo equipo?

- Ahá.

- ¿Y cómo fue eso? ¿Cómo hiciste para fracturarlo, o para chocar con él? ¿Fueron ambos a un mismo balón?

- Era aquel un partido bastante importante. Una final de zona. Nos jugábamos el pasar a la ronda final. Recuerdo que íbamos empatados. Y Sergei cometió un error increíble. Grosero. Nos costó el gol definitivo. Yo reconozco que me exasperé. Lo insulté. Me insultó. A la jugada siguiente volvió a escaparse el wing de ellos. Sergei corrió a cortarle el camino y yo también. Me arrojé a los pies de ambos, pero no puedo engañarme. Fui decididamente a buscar la pierna de Sergei. Lo quebré.

La tarde, ventosa y helada, me invitaba a refugiarme en el bar de Rosendo. Adentro, el Zorro aguardaba enquistado en la misma silla de siempre. Cuando entré al viejo se le iluminaron los ojos, que hasta ese momento se perdían en algún punto fijo del horizonte.

— Pibe, al fin llegaste. Escuchá esta historia, no creo que la conozcas porque sucedió hace mucho tiempo -me recibió el Zorro. Dejé el abrigo en el respaldo de la silla y me dediqué a prestarle atención al viejo.

— Una vez, en cancha de Villa Diamante, jugaban el local y Juventud. Era uno de los primeros clásicos de la historia . Yo era muy joven y trabajaba para el diario local -El viejo hizo una larga pausa y se puso a jugar con los hielos del vaso de whisky. Luego, se dio ánimos con un trago largo y continuó-. Bueno, en aquel entonces en Diamante jugaba un zurdito que era muy habilidoso, imparable, pero también muy jodón. Andaba siempre de baile en baile, se metía en los boliches más oscuros, y se levantaba en la cama de cualquier mujer de la noche.

— El famoso Turco Sukor -acoté con seguridad.

— Exacto -continuó el Zorro-. Yo estaba muy cerca del palco oficial, junto a otros periodistas. El partido estaba 3 – 0 a favor de los locales. El Turco había anotado dos y se paseaba con la pelota en sus pies por toda la cancha; nadie podía quitársela. Juventud, con uno menos por un intento del central Cevallos de amputarle una pierna al zurdo, pasaba vergüenza. Resulta que en un momento el Turco empezó a gambetear a sus propios compañeros. Algunos decían que estaba borracho, otros opinaban que como le sobraba categoría, se aburría. Yo no podía creer lo que estaban viendo mis ojos. El pibe iba de acá para allá con la pelota en los pies mientras diecinueve hombres en pantalones cortos intentaban atraparlo. Durante diez o quince minutos, el partido se convirtió en otra cosa, un espectáculo circense. En las tribunas todos reían, hinchas locales y visitantes. Hasta que, de pronto, el comisario Maldoni, que presenciaba el partido muy cerca mio, sacó su pistola y apuntó directo a la rodilla derecha del Turco. El zurdo nunca más volvió a maravillar al público en un campo de juego -el viejo terminó el whisky y pidió la cuenta.

Estábamos sentados en la misma mesa de siempre, en el bar del gallego Rosendo. Esta vez nos acompañaba el Cóndor Ramírez, ex zaguero central de Juventud. Afuera, el viento formaba remolinos de hojas secas. Miré con placidez por la ventana, pensando que en la calidez del lugar se estaba a gusto. Nadie hablaba, parecía que la reunión moría con la tarde.

— Esta historia seguro que no la conocen -se escuchó emerger, de pronto, la voz rasposa del Zorro-. Cóndor, ¿te acordás del Rulo Varela? -prosiguió el viejo, mientras hacía sonar los hielos a medio derretir en su vaso de whisky vacío. El mozo entendía la señal, y al poco tiempo aparecía con la botella y un vaso con cubitos nuevos.

— Como no me voy a acordar de ese turro -respondió el Cóndor, que siempre masticaba un escarbadientes como con bronca-. Si me hubiera dejado patear a mí, éramos campeones del regional -concluyó con gesto adusto.

— Escuchame querido, el Rulo no fue para atrás en esa final -reaccionó el Zorro, y tragó medio vaso de un sorbo.

— ¿De qué carajo me estás hablando, si después que erró el penal se empezó a reír como loco? Parecía un enajenado el malparido  -escupió el Cóndor, furioso. Luego se puso a mirar para afuera.

— Es que sucedió algo -el viejo se frotaba las manos para darse calor-. El Rulo, poco tiempo atrás, había encontrado a su mujer en la cama con el Conejo Rentera. Se la tenía jurada.

— ¿El Conejo Rentera no era el arquero de Villa Diamante?, -intervine tímidamente.

— Claro pibe -asintió el Zorro-. Adiviná contra quién jugaba la final Juventud.

— Cuando fui a buscar la pelota, para acomodarla en el punto del penal, Varela vino disparado y me la sacó de las manos -recordó Ramírez, más tranquilo-. Como lo vi tan convencido, ni me puse a discutir. Además, él le pegaba muy bien.

— Claro, Cóndor. El Rulo tenía enfrente al tipo que había desprestigiado su honor. Por eso, buscó fusilarlo, apuntó directo a su cabeza. Nunca más vi un zapatazo tan fuerte; el Conejo no reaccionó, la pelota le rompió la nariz y le bajó un diente -aclaró el Zorro. Luego, terminó su bebida y se despidió. Ramírez me miraba, incrédulo. Afuera, la noche ocultaba el pueblo.

 

“Así no sumás, restás.”

En el pueblo decían que el Vasco Otegui era como el viento Zonda, porque cuando escapaba en velocidad levantaba polvo, y los rivales, con los ojos resecos, se perdían en la nube terrosa. Además, lucía una pegada memorable, que perforaba redes.

Pero el delantero de Juventud no era un tipo dócil; costaba manejarlo. Tantos años en el club, y esa idolatría que ostentaba, bastaban para que los entrenadores decidieran optar entre el paso al costado o la sumisión a sus caprichos y preferencias tácticas.

Por eso, un viento helado recorrió mi espalda cuando escuché, en esa sucia mesa del bar del gallego Rosendo, que el Vasco se había doblegado ante la presión de la barra de Juventud. El Zorro, viejo periodista, lo contó mientras se tomaba un whisky. Según sus palabras, el Chueco Sosa, líder de la hinchada, citó a Otegui una tarde. Inmenso, lo esperaba en su casilla. Bajo un techo de chapas que se balanceaban peligrosamente, sobornó al Vasco para que Juventud se dejara ganar el partido ante Villa Diamante.

El Zorro me aseguró que era un arreglo entre ambos clubes para que los de Diamante no descendieran de categoría.

— Si, pibe, ya sé lo que estás pensando –me sorprendió el viejo, y continuó. Ese partido terminó en victoria de Juventud 1 a 0 con un zapatazo del Vasco al ángulo.

Ahora me costaba seguir el hilo del relato. Pero el Zorro desenredó el nudo argumental:

— El Vasco -dijo- nunca quiso hacer ese gol. Él me lo confesó. A pesar de su duro carácter, estaba más apichonado que nene perdido en la playa -ironizó, y soltó una risa tenue-. El problema es que la bola quedó picando cerca del área y el tipo no pudo con su instinto, porque eso pasaba con el Vasco, era impulso puro, no pensaba el juego. Lo que sí recordarás -dijo el viejo abriendo los ojos y clavándolos en los míos, amenazante-, es que ese fue el último partido del Vasco en Juventud. Luego de tremenda traición, el tipo desapareció del mundo -concluyó y se detuvo bruscamente. Luego suspiró pensativo y pidió la cuenta. Afuera anochecía.